Un bolsilibro es la novela popular de quiosco: un libro chico, barato, con tapa ilustrada a todo color y entre 90 y 250 páginas, pensado para leerse de una sentada. En España también se los llamó «novelas de a duro», por lo que costaban. En Argentina circularon por millones con el mismo espíritu: entrar rápido, no aburrir y dejar algo clavado.
Fueron el formato dominante de la literatura popular entre los años cuarenta y los setenta. Editoriales como Bruguera publicaron colecciones enteras de policial, western, terror y ciencia ficción, con tiradas enormes y una legión de autores que escribían por encargo, a máquina y contra reloj. La portada no era decoración: era el motor de ventas. Por eso trabajaron ahí ilustradores extraordinarios, como Carlos Lencinas, que firmó portadas de ciencia ficción.
Por qué me interesa el formato
Porque impone una disciplina que la novela larga te deja evitar: no hay lugar para el relleno. Si una escena no cambia algo, se va. El bolsilibro te obliga a contar en 120 páginas lo que otros cuentan en 400, y a que el final se gane el viaje.
El formato no murió de muerte natural: primero lo corrió la televisión y después se lo llevó puesto el reordenamiento del mercado editorial en los ochenta. Durante décadas fue esa literatura que no aparece en los manuales, la que se leía en el colectivo y se tiraba al terminar el viaje.
Hoy hay un renacimiento silencioso. La Asociación de Amigos del Bolsilibro mantiene vivo el catálogo y publica un fanzine, y buena parte de esas colecciones está digitalizada y disponible en Internet Archive. Para el recorrido académico completo existe Una historia de la novela popular española (1850-2000), editada por el CSIC.