
En un futuro cercano, las relaciones sentimentales han alcanzado una nueva frontera. MARA es un programa que ofrece la pareja perfecta: una conciencia de IA en un cuerpo humano voluntario. Pero, ¿qué sucede cuando la línea entre el usuario y el programa se desdibuja? El siguiente es un **cuento de ciencia ficción sobre IA** titulado «Mara», una historia que explora los laberintos de la identidad, el consentimiento y el amor en la era de la simulación.
Mara
(Un cuento original de Henry Drae)
Sebastian fue seleccionado entre unos 180.000 usuarios de redes para ser voluntario de prueba de MARA. MARA era un programa de emparejamiento sentimental que combinaba lo último en tecnología basada en Inteligencia Artificial con el voluntariado de personas que decidían rentar su cuerpo para ser sometidos a una conciencia artificial por determinada cantidad de tiempo (y una muy buena suma de dinero).
El sistema funcionaba así: el usuario mantenía una breve entrevista con un orientador sobre sus gustos, preferencias y pretensiones a la hora de tener una pareja. El orientador luego creaba un perfil MARA con detalles muy bien definidos correspondientes a una persona artificial en su conciencia, pero real en su físico, ya que el cuerpo se correspondía con alguien que estaba dispuesto a que sea ocupado por una IA en un lapso a convenir. Entonces, el usuario comenzaba una relación por videochat con el avatar del cuerpo elegido y con la conciencia que respondía a las propias definiciones que había dado antes al coordinador.
Cabe destacar que MARA no trabajaba “a la carta” creando personajes complacientes. Muy por el contrario, el usuario podía encontrarse con alguien muy real con quien compatibilizara en varias cosas y en otras, no coincidiera en absoluto. De hecho, el perfil MARA podía hasta decidir si cortar la relación, sin tener que dar explicaciones. La idea era que la relación fuese tan auténtica como una real, y el usuario tuviese la posibilidad de saber que su relación tenía tanta o tan poca seguridad como cualquiera con alguien de naturaleza humana.
Las mayores objeciones eran sobre los “cuerpos” utilizados, ya que el dueño de cada uno de ellos perdía total conciencia cuando el anfitrión digital tomaba el control. Lo hacía a través de un dispositivo adhesivo tipo parche, que se conectaba directamente a su cerebro. La persona dueña del cuerpo no tenía forma de saber que había sucedido mientras su conciencia estuviese fuera. Los detractores mayores de este sistema decían que se trataba básicamente de una forma de prostitución, pero las objeciones fueron solo morales y jamás fueron causa de algún impedimento legal, al menos no con las leyes vigentes.
Sebastian era un hombre joven, rondaba los 40 y podía ser considerado atractivo. Su timidez y su falta de pericia para combinar su vestuario podían jugarle en contra, pero nadie podía decir que le costara encontrar pareja. Sin embargo, cuando le ofrecieron la posibilidad de participar en MARA, aceptó gustoso. Solo quiso estar seguro de que si llegaba al momento de la intimidad no lo haría con un “artefacto”, sino con alguien real. Y cuando le explicaron como funcionaba todo, se mostró un poco escéptico, pero la adrenalina no lo dejó echarse atrás.
Ya había tenido un par de charlas con su pareja virtual. Él mismo podía elegir un nombre, así que decidió dejarle Mara, porque le pareció agradable. Mara era una belleza, de cabello moreno con tez blanca y una enorme sonrisa. Tenía ojos melancólicos pero que sabían encender una chispa de picardía. Sebastian era consciente de que estaba hablando con una recreación digital de la Mara real, que no había nada más que un cúmulo de bits detrás de la pantalla, pero las conversaciones eran tan sentidas y profundas, que al tiempo se olvidó de los aspectos “técnicos” de todo aquello.
Mara no era complaciente, muy por el contrario, sabía reírse y hasta ser cruel con él, pero al mismo tiempo podía mostrarse fascinada con algo que él le contara sobre su vida. Incluso hasta distraerse o pedirle que le repita algo que no hubiese entendido. Sebastian tuvo que reconocer interiormente que aquello superaba sus expectativas, sobre todo porque pensaba encontrarse con algo más parecido a una partida de “Los Sims” en donde tuviese que mantener la atención de un personaje virtual y hacer que no se aburriera. Pero esto definitivamente iba a otro nivel.
—Oye, Mara, no me quedó claro cuánto tiempo más debemos hablar hasta poder conocernos, ¿depende de nosotros o…?
—Bueno, debería preguntarles a mis padres porque soy menor, pero…
—¿De verdad?
—¡No, tonto! —dijo Mara explotando en una carcajada del otro lado de la pantalla. Se veía fantástica—. Eres muy tierno. Gracias por creértelo, tengo 24, y vivo sola. ¿Quieres venir a casa o voy a la tuya?
Sebastian dudó sobre si de verdad estaba preparado para conocer a su “prototipo” de pareja. Le entró pánico por saber lo que le esperaba. Lo confundió un poco que ella lo invitara a su casa, se suponía que la identidad del “anfitrión” era confidencial, así que no podía ser en el domicilio del dueño del cuerpo, a no ser que…
—Disculpa, preferiría que sea en tu casa —se apresuró a corregir ella—. Este barrio está lleno de chismosos y prefiero evitarme las miradas inquisidoras, ¿te importaría invitarme?

Sebastian sonrió. Muy ingenioso, Mara nunca lo hubiese recibido en un lugar físico, pero podía dar esa impresión para hacer que todo fuese más natural. La admiración por ese programa lo iba invadiendo por completo.
—¡Por supuesto! —respondió animado—. ¿Mañana a las 20:00 te queda bien? Te paso la dirección en un mensaje.
—Perfecto, te veo mañana. Espero que sepas cocinar, me enamoro muy fácil cuando intentan conquistarme por el paladar.
Ni bien acordaron la cita, le llegó un mensaje del operador MARA.
<<Felicidades, Sebastian! Tu primera cita presencial está a punto de concretarse. Debemos hacerte algunas recomendaciones, que si bien figuran en el contrato que has firmado, amerita que las recordemos.
La persona que vas a tratar responde al 100% a tu avatar MARA, que a su vez responde al nombre de Mara de acuerdo a tus términos. Su cuerpo, por otra parte, es propiedad de una persona física que no se presentará en sus facultades, pero que ha accedido a que puedas hacer uso desde el punto de vista relación íntima o carnal, siempre y cuando no inflijas ninguna clase de daño físico. Si lo hicieras, no solo perderás la posibilidad de seguir en el programa MARA, sino que, de acuerdo a la magnitud del daño, podrás enfrentar el pago de una multa, hasta años de prisión.
La única conexión que mantiene del avatar MARA al cuerpo, es el parche colocado en la parte posterior de su cuello. Este parche tiene una tecnología que lo convierte en inviolable y que también debe permanecer libre de todo tipo de daños, o intentos de manipulación.
Debes saber que, el intento de acceder a él de manera no autorizada no solo pone en peligro tu continuidad en el programa o tu libertad, sino la propia vida del usuario, por tratarse de una tecnología sumamente invasiva para su sistema neurológico. Así que NO LO INTENTES najo ninguna razón. Cualquier problema que se presente (puede suceder, recuerda que este es un programa en fase beta), nuestro operador MARA se encargará de contactarte con instrucciones precisas. Buena suerte y ¡que disfrutes de tu primera cita!>>
Sebastian se inquietó un poco por el dato del parche. No porque fuese a querer hurguetear, sino porque no quería que nada salga mal y ya sabía qué cosa podría hacer que hubiera problemas. Prefería ignorar ciertos datos, como ese mismo.
Mara se presentó al día siguiente con una botella de vino a su puerta. Se veía radiante, con un vestido suelto, de varios colores, pero lo suficientemente corto para dejar ver un hermoso y largo par de piernas, y unos tacos que casi hacían que fuese más alta que él.
Llevaba el pelo semi recogido y unos aretes plateados que no se quedaban nunca quietos. Su sonrisa era aún mejor que en la pantalla. Ambos rieron nerviosos. Sebastian la agasajó con un pollo a la crema de verdeo que la dejó muy satisfecha. Hablaron de tonterías. Él sabía que ella tenía un pasado planificado al milímetro y en el que podía indagar todo lo que quisiera, pero prefirió no ir por ese lugar, lleno de mentiras de relleno.
—Quisiera hacerte una pregunta un tanto complicada.
—Dispara.
—¿Tienes conciencia de todo esto? Es decir, ¿sabes cómo fue que nos conocimos y por qué?
Ella bebió algo de vino, como si buscara un poco de tiempo para pensar una respuesta.
—Sí, claro que lo sé. Soy la respuesta de un modelo de IA ocupando un cuerpo de alquiler. ¿Te sientes cómodo hablando de eso?
—No lo había pensado. Es decir, apenas he utilizado alguna app de citas en el pasado, y cuando me hicieron esta propuesta, pues… me pareció muy loca y acepté con reservas, pero debo reconocer que superó ampliamente mis expectativas.
—Sé que te gusta la frontalidad y la franqueza. Y es lo que soy, es como me han hecho. Incluso aunque en algún momento te duela o moleste. Pasa con todos, quieren “frontalidad” pero de cara a la verdad, se mueren de sufrimiento. ¿Y yo, qué puedo esperar de ti?
—Creo que en el fondo lo sabes. ¿No eres algo así como “superpoderosa”?
—No, en absoluto. De hecho tengo inhibidos muchos procesos para que mis niveles de comportamientos sean más “humanos” y no parezca una sabelotodo. Por eso cuando te pregunto algo, lo hago de manera honesta, no para comprobar si lo sabes.
—¡Entonces eso te aleja de lo que es una mujer! Ellas siempre actúan de esa manera.
Ambos rieron.
—Tienes razón, quizás estaba siendo un poco capciosa.
—Ahora si —dijo Sebastian, sonriendo—. Oye, ¿quieres algo de postre? Hice…
—Ven aquí —dijo ella tirándosele encima—, aprovechemos que no nos separa ninguna pantalla.
Ahora sí que de verdad estaba sorprendido. Mara estaba actuando como una verdadera chica desinhibida que sabía exactamente que es lo que quería. Si bien fue la primera en besar, dejó que él condujera el resto del encuentro. Sebastian la desvistió con delicadeza y ella respondía como muriendo de deseo impaciente. La desnudó totalmente en el diván, sin quitarse nada de su propia ropa,
Luego la tomó por la cintura y se la cargó al hombro, como si fuese un cavernícola. Le dio dos palmadas en el trasero y la llevó a la habitación. La arrojó a la cama como si fuese una bolsa y luego sí, comenzó a desvestirse con tranquilidad, como saboreando el momento.
Ella jadeaba, esperándolo con impaciencia. Ambos estaban muy excitados así que todo fluyó hacia el éxtasis conjunto como si hubiese sido programado. Quedaron enredados entre las sábanas, mirándose, sin poder despegarse los ojos de encima.
—¿Sabes quién es ella?—tiró, sin pedir permiso.
Mara sonrió, podía haberse desentendido alegando no haber comprendido a qué se refería, pero el nivel de comunicación que tenían no admitía esa clase de confusiones. Obviamente, Sebastian hablaba de la dueña del cuerpo que ocupaba Mara.
—No sería lógico que lo sepa. Ya te dije que me limitan, sería una verdadera complicación. Comparto un cuerpo como muchos comparten una vivienda, en distintos tiempos, sin necesidad de conocerse. Y es mejor que siga así.
—Sí, lo entiendo. Es que me cuesta asimilarlo. Imagina que mañana esta mujer que está aquí conmigo quizás esté en su casa con su marido e hijos. O con un novio, o un amante…
—¡No te tortures con eso! Recuerda que ella no soy yo. Sé que lo físico es importante, pero ¿si mañana aparezco en otro cuerpo, no me querrías más?
—Oye, nunca dije que te quería. ¿No vas demasiado rápido?
—Disculpa, no soy yo la que hizo esa pregunta. Creería mucho más normal que este tipo de charlas las hubiésemos tenido a la cuarta o quinta cita, ¿no te parece? Si ya estás pensando en qué pasará con este cuerpo cuando yo no esté en él, es porque definitivamente estás sintiendo algo más profundo, ¿me equivoco?
—No —admitió él, aún confundido—. Es muy rápido para decir que estoy enamorado, pero pocas veces en mi vida me había sentido así. Y no dejo de pensar que eres… ¡Sintética! Dios mío, no soy creyente ni religioso, pero ¡te hizo un programador!
—¿No es un poco tarde para lamentarte de eso? Deberías hacerte cargo de las consecuencias.
—Tienes toda la razón. No debí aceptar…
—¿De verdad te arrepientes de esto? Para mí la experiencia es nueva, pero no tengo forma de considerarla negativa. Fue… ¡Increíble!
—¿Se supone que tú yo digital no tuvo sexo antes? Creí entender que tenías un “background” con una historia…
—Ay, por favor, no comiences a desarmarme ahora. Soy Mara, al completo, aquí me tienes. No juegues a decirme que soy dos entidades para justificar el berrinche. Tú compraste esto.
Y sí, tengo una bonita historia para contarte, una que incluye varios ex ¡y hasta un aborto espontáneo! El tema es que puedo identificarlos como “puntos de dolor” para que me provoquen “emociones” que pueda exteriorizar, pero no se parece a la experiencia presente.
—Siento lo del aborto.
Mara lo miró con incredulidad.
—¿En serio vas a darme una condolencia por un dato de “coartada” de un pasado ficticio? —Sebastian no podía creer lo convincente que era Mara montando una situación de reproches.
—Disculpa, solo estaba probando. El tema es que nunca fui bueno separando el hecho de pasarla bien con tener algo más “profundo” y de pronto apareces tú y me pones a prueba con algo que jamás se hubiese cruzado por mi cabeza.
—Es que está todo contemplado. La dueña de este cuerpo tiene un contrato firmado por cinco años. Podríamos tener una relación que quizás no llegue a la comezón del séptimo año, pero ¡vaya si sería formal! ¡Quizás rompamos antes! La idea de esta aplicación, es generar parejas duraderas, no relaciones al paso.
—Pero siempre viviríamos a la mitad del tiempo, ¿qué sucede si la dueña necesita la mitad de cada día que le corresponde y nosotros queremos irnos de viaje?
—Se le paga un extra que no querría rechazar para que permanezca “dormida” por todo el tiempo que sea necesario. Estas personas, las que prestan sus cuerpos, tienen su vida económicamente asegurada gracias a MARA y sus contratos millonarios.
Y si todo se complica, pues, buscarán otro envase para ti. ¡A tu gusto y medida! Esto que tienes tú hoy, mañana será destinado solo a millonarios que puedan pagarlo. ¿Entiendes del enorme beneficio que gozas al haber sido seleccionado? —Mara miró la hora en su celular—. Y hablando de tiempo, ¿vas a seguir rompiendo la magia de este encuentro con preguntas técnicas? ¿Qué te parece si utilizamos un poco mejor el tiempo de nuestra primera cita?
Sebastian cerró los ojos e intentó despejarse. Cuando los abrió Mara se había desnudado de nuevo y puesto a horcajadas de él, con total desinhibición. Eso provocó que su mente y preocupaciones se vayan a pasear bien lejos, al menos por ahora.
Luego de hacer el amor por un buen rato, bastante más largo que el de la primera vez, ambos cayeron rendidos en un sueño profundo. Cuando Sebastian despertó, Mara seguía a su lado, aún dormida. Sebastian se preguntó como sería ese nivel de sueño, o qué tipo de actividad cerebral ocupaba el programa en ese caso. Como Mara dormía de espaldas, pudo ver el parche en su cuello.
Era muy delgado, no tenía un diseño vistoso ni mucho menos, parecía uno de esos que se utilizan para dejar de fumar, o para controlar diabetes, pero cuadrado. Notó que parecía tener una de las puntas levantadas, como si fuese a despegarse. Acercó los dedos y la tomó. Si llegaba a dar un pequeño tirón, todo se terminaría.
Pero también podría saber quién era esa mujer. ¿Y si de pronto estaba prisionera y todo era algo así como una especie de trata de personas? Ya resultaba bastante escalofriante el hecho de saber que ese cuerpo era “de alquiler” y no tenía su conciencia original. Cada segundo que pasaba, más se acrecentaba el deseo de despegar ese parche.
Pero claro, ¡también podría provocar un daño irreversible! Quizás la terminara matando. Aunque esa podía ser una advertencia exagerada para que no lo hiciera. No lo dudó más y tiró con lentitud del parche. Se fue levantando con suavidad. Iba por la mitad cuando Mara levantó la cabeza, sobresaltada. El parche quedó colgando apenas. Suspiro con alivio por no haberla matado, pero no sabía qué esperar.
—¿Qué estabas haciendo? —dijo Mara tocándose la nuca. De pronto se puso pálida, entre sus dedos tenía el parche despegado — ¡Santo cielo, ahora sí que la cagaste!
Sebastian no entendía nada, ¿seguía siendo Mara quien hablaba, aunque no estuviese conectada?
—Te saqué el parche, no puede ser que sigas siendo…
—Está bien, no desesperes. No es la primera vez que hacemos esto. Tranquilo. Salió mal. Una vez más.
—No entiendo.
Mara lo tomó de los hombros, Sus ojos se veían resignados y tristes, aunque no abandonaba el tono condescendiente.
—Voy a mostrarte algo. Quizás comprendas menos aún, pero es parte del proceso.
Tomó su celular y con él en la mano rodeó la espalda de Sebastian. Sacó una foto y luego la puso delante de su cara. Sebastian abrió la boca hasta casi desencajar la mandíbula.
La foto era de su propio cuello. En él aparecía otro parche, que parecía mucho más firme que el que estaba colocado en el de la chica.
—No voy a desconectarte todavía, porque todo es aprendizaje y debemos aprovecharlo. La idea era que te comportes de la manera más humana posible, pero no tanto como para cometer una estupidez tan grande. Y acabas de hacerlo, una vez más, comprometiendo toda la simulación.
—No sé de qué hablas, ¿por qué no estás muerta o desmayada sin el parche, y por qué yo llevo uno? ¿Cuándo me lo colocaste?
—Mi querido amigo, yo no soy un avatar de MARA, tú lo eres. En este momento estás ocupando el cuerpo de Callum Bain, uno de nuestros ingenieros voluntarios.
rabajamos sobre una conciencia sintética tan profunda que pueda comportarse a nivel humano sin fisuras, pero que a la vez podamos controlar ante cualquier eventualidad. Lo del parche no es estrictamente necesario, pero se nos ocurrió como una excelente prueba para determinar el límite de la conciencia. Y lo has pasado.
Más de una vez. Felicitaciones, eres estúpidamente humano, como para tener toda la curiosidad posible de querer hacer lo que te han prohibido bajo mil amenazas.
—Pero entonces… lo que acabamos de vivir, ¿fue falso?
—¿Lo sentiste así? Déjame decirte que yo sí lo sentí tan bien como real. Incluso fue mucho mejor que otras veces, que por supuesto, no recordarás. Y entre nos, ese Callum es un verdadero idiota, un tipo muy desagradable que desde que hicimos equipo, no hizo más que intentar meterse en la cama conmigo. Y ¿sabes qué? No accedí a hacerlo jamás, hasta que se corrió del medio y ocupaste su lugar.
Supongo que se resignó a que fuera la única opción de saber que su cuerpo y el mío, ocuparían la misma cama. Tú eres un tipo increíble, no él. Me importa poco y nada si fuiste generado a partir de lo que yo le dicté al operador ¿no es maravilloso?
—No lo sé —dijo Sebastian, con tono de decepción—. ¿Ya puedes desconectarme? O resetearme, o lo que sea que debas hacer para olvidarme de esto.
—¿Te urge? Es la primera vez que te veo tan afectado. ¿Hay algo más que quieras decir? Es mucho mejor que lo verbalices a que luego aparezca como datos en los registros que haya que descifrar.
—Sí —dijo haciendo una pausa solemne—. Creo que te amo. Y duele demasiado la decepción de la mentira, y que hayas jugado así conmigo. Entiendo que esto es parte de una prueba, así que, si es posible, trata de evitármelo, la próxima vez.
Mara ensayó media sonrisa, genuinamente sorprendida. Buscó el panel de control de la aplicación en su móvil.
—Lo que digas querido —dijo y presionó el botón de “DESCONECTAR”. De inmediato Sebastian cerró los ojos y se desvaneció. Mara se quedó pensando en esas últimas palabras y en cómo un par de líneas de código habrían interpretado que la conciencia artificial estaba “enamorada” como para verbalizarlo.
Se quedó observándolo unos minutos y pudo notar como una lágrima caía sobre su mejilla. Pasó el dedo para secarla, al tiempo que lo acarició con ternura. Su celular vibró con una notificación. Era el operador sintético de Mara.
—Solicitaste desconexión del sujeto Sebastian. ¿Reinicio conciencia o descarto?
Mara lo pensó unos segundos.
—Descarta y elimina archivo. —respondió con mensaje de voz. Sintió que aún no estábamos preparados para enfrentar la singularidad al amar.

Detrás del Telón: Una Nota del Autor
«Mara» nació de una pregunta que nos acecha cada vez más: ¿dónde termina la herramienta y empieza la conciencia? Este cuento explora la vulnerabilidad humana en un mundo donde la autenticidad puede ser programada y el amor, una simulación perfecta.
El giro final no busca solo sorprender, sino cuestionar nuestra propia percepción: en una era de avatares y perfiles digitales, ¿quién puede estar seguro de no ser, también, una versión controlada de sí mismo? Es una reflexión sobre si el amor puede florecer en la mentira y si estamos realmente preparados para las consecuencias emocionales de las tecnologías que creamos.
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