De la lona al abrazo

Cómo el deporte y adoctrinamiento nos entrenan para aceptar la guerra como un juego de reglas admisibles

Deporte y adoctrinamiento - Boxeadores y generales se saludan luego del combate

Introducción: La paradoja del ring

Imaginemos la escena: dos boxeadores pasan 12 asaltos intentando fracturarse el rostro, con la intención explícita de noquear al otro y dejarlo tendido en la lona. Suena la campana. ¿Qué ocurre? Un abrazo. Se palmean la espalda, se reconocen mutuamente y, a menudo, se elogian en la rueda de prensa.

En el fútbol, la afición de Argentina y Brasil se insulta con saña, queman banderas y se desafían en las gradas, pero los jugadores—que hace 90 minutos se disputaban cada balón como si fuera una batalla territorial—firman contratos para ser compañeros de equipo al siguiente mercado de pases.

¿Es esto una muestra de grandeza humana y fair play? Parcialmente. Pero, desde el pensamiento crítico, debemos preguntarnos: ¿No estaremos presenciando un simulacro de lo que la política y el poder quieren que normalicemos en el ámbito de la guerra?


1. La guerra como «espectáculo con reglas»

El deporte de combate y los deportes de contacto físico son, en esencia, la guerra despojada de su letalidad definitiva, pero no de su esencia. En ambos hay:

  • Un enemigo claramente delimitado (el otro equipo, el otro ejército).
  • Un territorio en disputa (el ring, la cancha, el campo de batalla).
  • Un árbitro o normas internacionales (las reglas del juego, o los Convenios de Ginebra).
  • Un tiempo limitado (los 90 minutos o el alto al fuego).

Lo que el deporte nos enseña, de manera subliminal, es que el conflicto violento puede ser «higiénico»: mientras se respeten las reglas, la violencia está permitida e incluso es aplaudida. Pero el verdadero adoctrinamiento no está en la pelea, sino en el post-conflicto.


2. El «pósit» psicológico: La reconciliación forzada como normalidad

El momento clave, el abrazo tras la guerra, es el que verdaderamente nos adiestra. Al ver a dos contrincantes que estuvieron a punto de matarse (en el boxeo, literalmente) darse la mano y sonreír, nuestro cerebro internaliza una premisa peligrosa:

«Es aceptable matar o destruir al otro, siempre que luego haya un gesto de deportividad y un ceremonial de paz.»

Esto prepara a la población para aceptar las guerras interestatales sin trauma psicológico duradero. Cuando dos ejércitos firman un armisticio y los generales intercambian condecoraciones o apretones de manos (como ocurrió en la Navidad de 1914 en la I Guerra Mundial, o en los tratados de paz actuales), la población lo asimila con alivio, pero no con escándalo.

No hay escándalo porque el deporte ya les enseñó que esa es la dinámica natural: odio intenso en el juego, camaradería fuera de él.

El problema es que, en la guerra real, los muertos no se levantan de la lona.


3. El papel de la política entre deporte y adoctrinamiento: El «opio del nacionalismo»

Los Estados y los aparatos de poder han sabido utilizar este mecanismo durante décadas.

  • Los Juegos Olímpicos son el mayor ejemplo de «tregua sagrada», donde las potencias enemigas compiten bajo banderas, pero el trasfondo es geopolítico.
  • Los clásicos de fútbol (España vs. Países Bajos, Argentina vs. Inglaterra post-Malvinas) sirven como válvulas de escape. La ciudadanía descarga su furia patriótica en el deporte en lugar de canalizarla hacia la disidencia política.

Al hacer esto, la política logra un doble objetivo:

  1. Distrae a la población de los conflictos estructurales (económicos, de clase, territoriales).
  2. Entrena a la ciudadanía para que vea la guerra como un «mal necesario» que tiene fecha de inicio y de fin, y que, tras el fin, todo vuelve a la normalidad comercial y diplomática.
DEPORTE Y ADOCTRINAMIENTO - Imagen del booktrailer de El Patio Traseo - Novela de Henry Drae

4. La trampa de la «deportividad» bélica

La normalización de este ciclo (violencia → tregua → abrazo) impide que la humanidad busque soluciones que no impliquen el enfrentamiento mortal.

Si el boxeo no existiera, nos parecería grotesco que dos seres humanos se golpearan por dinero. Pero existe, y nos parece arte. Del mismo modo, si no hubiera siglos de «teatro de la guerra», nos parecería demencial enviar jóvenes a morir por líneas imaginarias en un mapa.

El deporte nos vende la idea de que el conflicto es inevitable y que lo mejor que podemos hacer es regularlo, en lugar de erradicarlo. Es una apuesta cínica: nos conformamos con que la guerra sea «limpia» (sin bombas químicas, sin matar civiles) en lugar de preguntarnos por qué tenemos que matarnos en absoluto.

Deporte y adoctrinamiento - Daria festeja una copa del mundo.

5. ¿Por qué esto es peligroso para el pensamiento crítico?

El pensamiento crítico exige desnaturalizar lo que nos parece obvio. Cuando vemos a dos luchadores de MMA abrazarse, debemos preguntar: ¿Por qué necesitamos simular la muerte para sentir respeto?

La respuesta es que ese ritual nos convence de que la agresividad es consustancial al ser humano, cuando la antropología demuestra que la cooperación y el diálogo son igual de primarios. Al instalar el deporte como «la guerra buena», la sociedad acepta pasivamente la «guerra mala» cuando los políticos deciden que es «inevitable».


Conclusión: Desprogramar la mirada

No se trata de demonizar el deporte; el ejercicio físico, la disciplina y la competencia tienen valores inmensos. Pero debemos ser conscientes de su capa ideológica.

La próxima vez que veas a dos enemigos en el ring abrazarse, no lo veas solo como un gesto noble. Pregúntate: ¿Qué me está diciendo este gesto sobre cómo debo aceptar los conflictos geopolíticos?

Si logramos distinguir entre el juego y la realidad, tal vez podamos empezar a exigir a nuestros gobernantes que no nos preparen para la guerra mediante el entretenimiento, sino que nos preparen para la paz mediante la educación y la diplomacia real.

Porque en la guerra real, después del abrazo, los muertos no se levantan para firmar el contrato con el rival.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Cómo nos prepara el deporte para aceptar la guerra?

El deporte de contacto y competición funciona como un simulacro de guerra con reglas. Al ver boxeadores o equipos rivales enfrentarse con violencia y luego abrazarse, internalizamos que el conflicto violento puede ser «higiénico» y tener un final amistoso. Esto normaliza la idea de que la guerra es un mal necesario con fecha de inicio y fin, en lugar de algo que deberíamos erradicar. Sociólogos como Norbert Elias señalan que el deporte moderno surgió como parte del «proceso civilizador», transformando la violencia física en violencia simbólica reglada.

¿Qué dice Norbert Elias sobre la relación entre deporte y violencia?

Norbert Elias sostiene que el deporte moderno, especialmente el inglés de los siglos XVII y XVIII, surgió como parte del «proceso civilizador» que redujo la violencia en la sociedad. Según Elias, los antiguos juegos violentos (como la Soule o el Calcio) se transformaron en actividades deportivas reglamentadas, donde la agresión se canaliza bajo normas aceptadas socialmente. Esto explica por qué aceptamos la violencia en el boxeo o el rugby: está «civilizada» por las reglas.

¿Qué es la violencia simbólica en el deporte según Pierre Bourdieu?

Pierre Bourdieu define la violencia simbólica como aquella que se ejerce con la complicidad de quien la sufre, al ser percibida como natural o legítima. En el deporte, la violencia simbólica opera cuando aceptamos como normales las agresiones, los insultos entre hinchadas o la lógica de «enemigo» y «rival», sin cuestionar que esas dinámicas reproducen esquemas bélicos. El deporte se convierte así en un campo donde se naturaliza la dominación y el conflicto.

¿El fútbol puede ser una herramienta de adoctrinamiento político?

Sí. Históricamente, regímenes totalitarios como el nazismo, el fascismo italiano o la dictadura franquista utilizaron el fútbol y otros deportes para cohesionar masas, exaltar el nacionalismo y desviar la atención de problemas estructurales. En Argentina, la última dictadura cívico-militar integró el deporte en acciones de persuasión y control psicológico sobre la población. El deporte actúa como «válvula de escape» que canaliza el descontento social hacia rivalidades simbólicas en lugar de hacia la disidencia política.

¿Qué ejemplos históricos vinculan el deporte con la guerra?

Existen múltiples ejemplos: la tregua olímpica en la Antigua Grecia, donde se suspendían guerras durante los Juegos; la «guerra del fútbol» entre El Salvador y Honduras en 1969, desencadenada por tensiones políticas avivadas por partidos deportivos; el uso de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 por parte de la Alemania nazi como propaganda supremacista; y la «diplomacia del ping-pong» entre EE.UU. y China, que usó el deporte para descongelar relaciones.

¿Por qué aceptamos la violencia en deportes como el boxeo o el rugby?

Los espectadores experimentan una «ambivalencia moral» ante la violencia deportiva. Para resolverla, utilizan estrategias de justificación: la comparación con la guerra (el rugby como «guerra sin balas»), la apelación a las reglas («si está permitido, es aceptable») y la dramatización lúdica que desdramatiza la violencia («es solo un juego»). Esta normalización nos entrena para aceptar dinámicas similares en conflictos reales.

P7: ¿Cómo influye el deporte en nuestra percepción de los conflictos armados?

El deporte nos enseña que el enemigo de hoy puede ser el aliado de mañana. Así como los jugadores de selecciones rivales terminan siendo compañeros de equipo, los soldados enemigos pueden estrechar la mano tras un armisticio. Esta lógica, que parece «deportiva», impide cuestionar la necesidad misma de la guerra, al presentarla como un conflicto reglado con un final previsible, en lugar de como una tragedia evitable.


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    Referencias

    1. Norbert Elias – Teoría del deporte y civilización
    2. Artículo académico: «El deporte en el proceso de civilización»
    3. Rahmati – Análisis sociológico y psicológico de la coexistencia deporte-guerra
    4. ESSEC Business School – ¿Por qué aceptamos la violencia en el deporte?

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