A veces, el acto de amor más grande es dejar ir a alguien que amas. Este diálogo de ruptura, titulado ‘¿Hasta dónde me querés?’, explora la dolorosa encrucijada entre el amor y la razón. Lo que comienza como una pregunta sobre la medida del cariño se convierte en una profunda reflexión sobre los límites de una relación y la valentía de terminarla antes de que cause más daño.
La Pregunta Inicial: ¿Se Puede Medir el Amor?

—¿Puedo preguntarte algo?
—Eso ya de por sí es una pregunta. Y paradójicamente no me preguntaste si podías hacerla antes.
—No voy a entrar otra vez en tus juegos de palabras. Respondeme esto: ¿hasta dónde me querés?
—¿Por qué “hasta dónde” y no “cuánto”? ¿El amor se mide por distancia y no por volumen? ¿O querés que te diga el trilladísimo “hasta el cielo” sólo para apagar la luz y soñar con los angelitos?
—Te estoy hablando en serio.
—Explicate mejor entonces, no quiero decirte “hasta el cielo” y que me repreguntes hasta que lugar de la estratósfera con precisión.
El Sacrificio Máximo vs. la Vida Compartida
—Quiero decir, ¿qué harías por mi como muestra del más grande amor que me tenés?
—Se supone que ahora debo decir algo tan gracioso como denigrante, la audiencia lo espera para reírse. No me lo hagas tan fácil.
—Sigo hablando en serio.
—Tanto como una adolescente.
—¿Y sólo ellos pueden hablar del amor en esos términos?
—Me niego a ser cursi, ¿está mal? No sería yo si fingiera decirte algo meloso para dejarte contenta.
—No quiero algo meloso. Quiero la verdad.
—La verdad no admite unidades de medición para los sentimientos. ¿Qué pretendés que te diga exactamente cuando me preguntás “hasta dónde te quiero” que suene a una verdad comprobable?
—Quiero que me digas algo que pueda creerte, eso para mi sería la verdad.
—No vas a dejarme en paz hasta que te conteste algo que te conforme, no?
—La verdad me conformaría.
—Daría la vida por vos. Y sabés que no juego con eso.
—Sí, y te creo como siempre te creí. Pero… ¿qué clase de vida?
—La mía, es la única que tengo, ¿no te alcanza?
— Darías tu vida por mi donando un órgano, tirándote bajo un camión para que no me atropelle, etc, etc. Todo eso lo entiendo. Y lo aprecio y lo agradezco.
—No es para que lo agradezcas. Lo haría porque de verdad lo siento.
La Revelación: Cuando la Razón Cuestiona el Sentimiento
—Lo sé. Pero, ¿y si eso no nos alcanza?
—¿Te parece poco sacrificio? ¿Qué dé mi vida por la tuya?
—No, no me parece poco. Quizás no me parezca lo mejor que se pueda hacer. No me malinterpretes, yo haría exactamente lo mismo por vos, me tiraría debajo de ese camión o daría mi médula para que no te pase nada, o lo que fuese necesario. Pero me refiero a otras cosas que tal vez hagan falta. A otras que necesiten ser más racionalizadas.
—Pero el amor no es racional. Eso deberías tenerlo más en claro que yo.
—Sí y no. Si hace tanto que estamos juntos es porque más allá de lo que nos queremos, pensamos en la mejor manera de mantenernos en ese estado, ¿no es así?
—Así es. Y los dos hemos renunciado a cosas por no fastidiar al otro. No voy a decir quien perdió más para no discutir sobre eso ahora.
—Entonces, debemos reconocer que en cierto modo, nos estuvimos forzando a querernos por una decisión racional.
—¿Qué estás sugiriendo?
—Que perdimos el sentimiento primario. Que sabemos que por costumbre, por conveniencia emocional, por no estar solos, y por muchas cosas más tenemos que estar juntos y querernos.
—Eso es ridículo. Hablas como si te hubieses dado cuenta de repente de que no me querés más y tratás de justificarlo.
—Hablo como si me hubiese dado cuenta de que tengo que pensar en cómo seguir queriéndote. Y no me gusta.
—Cielo, yo…
—Creí que quizás te pasara lo mismo… perdoname las lágrimas, soy una estúpida.
—No, no me pasa lo mismo… ni siquiera lo pensé.
—Entonces esa es tu mejor respuesta. Me querés hasta donde ni siquiera tenés que pensarlo. No estás ni cerca de la puerta que te haga replantear lo que sentís por mí. Si no estuviese tan triste estaría felizmente orgullosa de que me quieras así.
—Pero, ¿por qué estás triste, entonces?
—Porque yo sí sé hasta donde te quiero, porque llegué hasta esa puerta y me di cuenta de que daría mi vida por vos, como siempre. Pero ya no la compartiría.
—¿Ya no me querés? ¿Me estás dejando?
La Respuesta Final: Dejar Ir a alguien que amas, como Último Acto de Amor
—Te quiero, pero me permito utilizar la última gota de ese sentimiento puro para dejarte sin pensarlo, antes de que la razón me haga ver el daño que te causo por seguir a tu lado en pos de la comodidad de ambos. Y te pido perdón por la cobardía de hacerte la pregunta, cuando en realidad ya sabía la respuesta y no me animé a tomar la decisión sin hacerla.
Adios.
Dejar ir a alguien a quien amas es algo mucho más difícil de lo que se cree
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