La novia de Frankenstein y el feminismo: la incomodidad disfrazada de monstruo

La Novia de Frankenstein y el feminismo - Daria y Henry

Si buscás en la red «la novia de frankenstein y el feminismo«, probablemente ya sos consciente de que algo raro pasa en esos últimos cinco minutos de la película.

Quienes me conocen, ya sea por leer mis entradas o por el ida y vuelta cotidiano en las redes, sabrán que nunca me plegué a los dictados de esa corriente «neo-feminista» que a mi juicio flaco favor le hizo a la igualdad por la que tanto lucharon las mujeres, mezclando consignas y formando parte de una agenda que la usó para luego descartarla.

Pero claro, como a veces parece que uno tuviese que pronunciarse con firmeza y contundencia, aunque eso signifique NO PENSAR en lo absoluto para poder discriminar que está bien y que no en cualquier demanda en la sociedad, entonces me gané etiquetas en un sentido o en el otro.

Y la verdad, poco me importa que se crea o no en el feminismo como causa o como lucha, así que aqui va mi aporte con esta mirada sobre un clásico que de vacío o pasatista, no tiene nada.

Imaginen esto: Están en 1935. Las chicas van al cine con un pañuelo en la cabeza y tapadas del cuello a los tobillos (porque así era estar a la moda), se sientan en una butaca de madera que cruje como un esqueleto reseco, tal vez arrastradas por su novio para ver «una de monstruos», y de repente… aparece ella.

Pelo blanco en espirales que parecen antenas de radio. Una sonrisa que no es de miedo, ni de amor… sino de desprecio de ultratumba. Y cuando el monstruo, con toda su vulnerabilidad torpe y sincera, le tiende la mano y dice “¿Amigos?”… Ella no acepta, no llora, no negocia— simplemente chilla y se ríe —a lo María Elena Fuseneco—, como si la vida entera le hubiera hecho una broma de mal gusto… y por fin pudiera reírse ella.

No es Barbie, tampoco Hermosa Venganza. Es Elsa Lanchester en Bride of Frankenstein… y está tirando por la borda 200 años de narrativa romántica por defecto.

La novia de Frankenstein y el feminismo - ilustración simbólica

Hollywood ya había cometido un error… y lo empeoró a propósito.

Pero empecemos por lo básico y lo más absurdo.

En la novela de Mary Shelley, el creador se llama Victor Frankenstein. En la película de 1931, se llama Henry. ¿Por qué? Porque Universal tenía miedo de que la gente confundiera al personaje con un actor llamado Henry Victor. (Sí. La literatura universal fue editada por un problema de marcas personales).

Y como si eso no fuera suficiente, al monstruo le borraron el nombre, la voz y la agencia. Pasó de ser un ser elocuente, sensible y profundamente traicionado… a un “it” que camina torpe y asusta niños.

Pero en 1935, James Whale —un director gay, irónico, y con una paciencia moderada para la hipocresía— dijo: “¿Y si ahora le damos la palabra… y además le damos una novia… y dejamos que ella decida?”

Ella no es “la novia”. Es la que dice que no

Ojo: ella no tiene nombre. Ni en los créditos, ni en el guion, ni en las notas de Whale.
Es The Bride. Como si su identidad empezara y terminara en su función: acompañante. Pero acá está lo curioso: ella se niega a cumplir ese rol.

No es que no pueda amar al monstruo, es que no quiere. No porque sea “superficial” (como mucha crítica dijo en su momento), ni porque “prefiera a los humanos”.
Si no porque parece reconocer el trato: «Me hicieron para ser pareja. Para reproducir. Para calmar su soledad. Pero nadie me preguntó si yo quiero hacerlo.«

Esa risa final no es histérica, sino liberadora. Es el sonido de alguien que se da cuenta de que puede salirse del guion… y prenderlo fuego.

Y el verdadero villano no es el monstruo… es la expectativa

La Novia de Frankenstein - afiche promocional

¿Quién insiste en que debe haber una pareja?
No es Henry. Es el Dr. Pretorius —ese ser andrógino, teatral, con una copa de vino y un frasco de homúnculos— quien dice: “Por un nuevo mundo de dioses y monstruos!”

Él no quiere crear vida… quiere crear sistema. Una nueva jerarquía. Un Nuevo Orden (vaya, vaya)… con él como arquitecto.

Y la novia, al negarse, detona el laboratorio. Literal y simbólicamente. Porque cuando una mujer se atrevió a decir “no, gracias” a un rol que no eligió, la sociedad entera de 1935 hizo ¡BOOM! y para graficarlo, lo disfrazaron de efecto de sonido de trueno.

¿Entonces, «La Novia de Frankenstein» es feminista?

Sí, pero no en el sentido de 2025, con discursos progres TED y merchandising.
Es feminista en el sentido más primario: por el rechazo a ser definida por la función que otros le asignan.

Y lo más irónico: Es ella, la que apenas aparece 5 minutos, la única que logra salvarse. No porque triunfe, sino porque elige no jugar.

Epílogo: para los que llegaron hasta acá

La próxima vez que veas esa escena —el pelo, los electrodos, la risa— tal vez no debas pensar: “Qué lástima, desperdició la oportunidad de conocer el amor entre dos seres muy particulares«, si no “Qué suerte que tuvo el coraje de no casarse por lástima, o por no tener otra opción.”

Y este gesto, si tenemos en cuenta el contexto, la naturaleza del director James Whale y el papel de la mujer en la sociedad de esa época, tal vez el acto más revolucionario no sea el de crear vida (que ya no era novedad porque tuvimos una primera parte en que se lo hacía), sino que alguien a quien se quería forzar a una situación pueda decir, aun bajo presión extrema: “No quiero», y encender la mecha para que vuele todo.

Por eso, al analizar la novia de Frankenstein y el feminismo, no estamos hablando de una curiosidad histórica, sino revisionando un gesto de autonomía que sigue siendo, 90 años después, tan incómodo como fundacional.

¿Buscas otra recomendación (o una advertencia)?

Y si además de analizar las creaciones de otros te interesa leer las mías, te invito a visitar mi sección de Creación Literaria


La novia de Frankenstein y el feminismo: la incomodidad disfrazada de monstruo

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