
(Se encienden las luces del escenario. Un micrófono de pie. Un tipo de aspecto normal, quizás un poco antisocial. Se acerca, toma el micrófono y mira al público.)
Hay temas universales que nos unen como humanidad: el amor, la muerte… y el pánico de tener que elegir dónde hacer las compras. Para algunos es un trámite, para mí es una batalla estratégica. Y en esta guerra, he descubierto que mi paraíso personal, mi refugio antisocial, es el supermercado del chino de enfrente. A continuación, les explico por qué en este monólogo de comedia que nadie nunca pidió.
Acto 1: La Fiambrería Empalagosa vs. la Apatía del Hipermercado
No sé donde hacen las compras ustedes, pero para mí no hay mejor lugar que el mercadito del chino de enfrente.
En el fondo, creo que los que somos antisociales por naturaleza siempre preferimos un supermercado para evitar la interacción con alguien que te despache.
Antes iba a una quesería en mi barrio en la que las cinco vendedoras tenían por costumbre decirte “mi amor”, “dulce”, “mi vida” y así con cada cosa que pidiera. Si hasta la cajera me daba el vuelto con un adecuado “gracias, tesoro” para su función de acopiadora de monedas. Esa quesería terminaba siendo el equivalente en estereotipo a un taller mecánico para clientas femeninas, pero con aceite de oliva en lugar de grasa de motor.
No es que me sintiera acosado pero me resultaba empalagoso. Solo quería que me dieran los 100 gramos de fiambrin que había pedido y largarme cuanto antes de allí, antes de encariñarme con la que me pareciera más sincera. Nunca intentaría comprobar si al quinto producto que pidiera, vendría una invitación a una salida, o una propuesta de casamiento.
Creo que antes de eso, la última vez que me dijeron “mi vida” fue en los 90, y duró mucho menos que una vida, así que no, las fiambrerías no son mi lugar favorito para ir de compras.
En cambio, los supermercados… bueno, es como el otro extremo, hay que elegir el horario porque si no terminaremos chocándonos con los codos y caderas de cada persona que tenga nuestra misma intención. Lo ideal es ir después del mediodía y lejos de los fines de semana.
Lo bueno de los supermercados es que la responsabilidad de lo que compres, siempre será tuya. Si elegís algo vencido, es porque no miraste el envase. Si te equivocas y llevas algo “integral” o “sin sal”, también es culpa tuya. Y si se te rompe algo antes de llegar a la caja, solo tenés que ver donde están las cámaras, si entendés a lo que me refiero.
Al llegar a la línea de cajas el contacto es mínimo. Si pagas de contado, solo tendrás que responder a tres palabras “hola”, “¿efectivo?”, “son x millones de pesos” y listo. Puede haber una cuarta, o quinta pregunta en caso de pago con tarjeta, pero rara vez la cajera busque conversación.
Cuanto más grande el supermercado, más apática será la cajera. Hay excepciones, pero siempre está la caja rápida para evitarlas. Ahí ponen a las que carecen de sentimientos, son capaces de rechazarte si llevas más de diez productos aunque tengas un bebé en brazos y vayas en silla de ruedas. No hay riesgos de intento de amabilidad forzada en ese lugar, no señor.
Acto 2: El Paraíso Chino (un Deporte de Riesgo)
Así que mi paraíso personal para ir de compras es definitivamente el super mercadito chino que tengo en frente. No es muy grande, pero tiene de todo y nunca hay gente entre las góndolas. Pocas personas, todas muy silenciosas y reservadas. No miran a los ojos, solo buscan los productos de menor precio que los dueños de oriente esconden como si fuesen los promotores de un evento de búsqueda del tesoro.
También es cierto que es un deporte de riesgo, nunca sabes con qué sorpresa vas a encontrarte. Un día abrí un pote de dulce de leche y estaba por la mitad. Lo habían cuchareado y cerrado como si nunca hubiese pasado nada. Le hubiera dado un premio de escapismo al que lo hizo, fue impresionante. Bastante asqueroso, si, pero impresionante.
Recomiendo no comprar cosas que requieran de cadena de frío. Sí, sé que lo más molesto es no llevar lácteos porque uno nunca sabe si el sachet de leche terminará siendo de ricota al abrirlo en casa, pero les aconsejo que lo eviten. También sacudan los paquetes de galletas sueltas antes de tomarlos, es probable que algún repositor entusiasta los haya utilizado de bolsa de boxeo.
Es otra cosa a experimentar, ¿cómo es posible que una galletita aparezca pulverizada a nivel atómico dentro de un paquete sin abrir? Se supone que podrías encontrarlas en pedazos, pero no, simplemente son polvo de estrellas. Podrían pasar por tierra marciana si a la NASA se les ocurriera reciclarlos.
Pero siguen siendo riesgos a asumir a cambio de la paz que brinda la ausencia de contacto social.
Acto 3: La Batalla Final en la Línea de Cajas

Con respecto a quien te cobre en la línea de cajas registradoras, tampoco tendrás que preocuparte mucho. Lo primero que va a decirte el asiático a cargo, es “caha o bolsa” que deberás interpretar de manera interrogativa aunque no tenga el tono adecuado.
Te recomiendo la opción “bolsa” si vas a pie, porque la caja que originalmente contenía 12 botellas de aceite de litro y medio no es demasiado fácil de transportar. Salvo que vivas en china, porque para ellos parece una opción más razonable, de acuerdo a su insistencia. No me imagino a la gente caminando por esas calles tan populosas llevando cajas enormes de botellas de aceite por delante, pero a ellos les parece normal ofrecerlas.
Quizas con una correa, como los chocolatineros de los cines de antes… no, no creo en que sea lo ideal.
Así que una vez que elijas la opción bolsa, el asiático con cara de meme malhumorado te arrojará las bolsas a la cara y procederá a pasar por la registradora los productos a la velocidad del rayo.
Si tenés algo de suerte, podrás comprobar en simultáneo si los precios se corresponden a los que viste en la góndola, algo que ocurre el 60% de las veces, el resto siempre es mayor. Pero lo más probable es que no lo notes porque estarás intentando despegar las bolsas para ir guardando los productos que no paran de salir por el otro lado de la caja.
No son tuyos todavía porque no los pagaste, pero la verdadera razón, es que no lo son porque no fuiste capaz de meterlos en la bolsa antes de que termine de escanearlos. Si querés un examen rápido de tus habilidades de supervivencia bajo presión, ahí lo tenés.
Porque es probable que por más que no hayas visto a nadie más comprando en el salón del mercado, salvo alguna silueta que te mira desde el extremo como si fuese el asesino de Halloween, mágicamente aparecerá otro cliente detrás, colocando su compra en el mostrador como si fuesen parte de tu pedido, antes de que puedas terminar tu proceso. Eso tampoco falla.
Al salir, realmente no sabes que compraste, si te cobraron bien, si las dos bolsas rajadas que te dieron aguantarán sin desfondarse, (porque también es probable que cuando pidas otra porque llevas botellas el chino se niegue y te diga “aguanta, aguanta”, aunque te las cobre), o si vas a volver a ese lugar en el que se te trata con tanto desdén.
Pero creanme, a veces es preferible que se nos ignore, a que se nos trate con afecto impostado.
Y otra vez me dieron la crema de leche vencida, pero ¿no había dicho que tenía que evitar comprar lácteos?
El Gran Final: «Nunca es Suficiente Queso»
De todos modos, el premio mayor debo dárselo por aquella ocasión en la que con total impunidad el chino me pasó por el escáner dos veces, un mismo sobre de queso rallado. A pesar de mis esfuerzos en seguir despegando las bolsas, por el rabillo del ojo vi el intento de estafa. Entonces se lo dije, con el tono de un árbitro de fútbol que acaba de ver una patada en el plexo de un jugador a su oponente, a sus espaldas.
—Me pasaste el queso dos veces, Chang, ya mismo lo estás descontando.
Entonces, con la rapidez y habilidad propias de un prestidigitador, el ninja de los cajeros materializó en su mano un segundo sobre de queso, que curiosamente antes había visto acomodado entre los encendedores y las cajas de curitas. Acto seguido lo arrojó junto al primero.
—¡Pero yo quería uno solo!
—”Nunca es suficiente queso” —dijo Chang con aire impávido y sabihondo, como si fuese el Señor Miyagui respondiendo a la protesta de Daniel San por encerar tantos autos sin tirar un solo golpe.
Y la verdad, ¿cómo me iba a atrever a reclamarle algo si acababa de darme el título de mi próximo libro?
Así que, una vez más tengo que admitirlo, todo lo que me pase en este antro, sigue siendo culpa mía.
Nos vemos la semana que viene, señor Chang.
¿Te ha gustado este viaje a través de las palabras?

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