
Un viaje entre recuerdos, versiones y criaturas que desafían al tiempo.
El regreso del moderno Prometeo
Luego de ver Frankenstein de Guillermo del Toro, me vi impulsado a revisionar algunas de las películas de monstruos clásicas que cuentan la misma historia. Comencé por La verdadera historia de Frankenstein (Frankenstein: The True Story, 1973), una miniserie británica coproducida por Hammer Films y la NBC, que —si mal no recuerdo— fue una de las primeras adaptaciones que vi del moderno Prometeo de Mary Shelley.
Recordaba algunas escenas grabadas a fuego: un brazo que se movía solo, la persecución sobre el hielo, y el momento en que la criatura decide arrancarle la cabeza a su par durante un baile, interpretada por la bellísima Jane Seymour (años más tarde la recordaría como la Dra. Quinn).
Los héroes de la Hammer y el encanto del blanco y negro

Por aquellos años también me hice fanático de todo lo que salía del estudio británico Hammer, y mis héroes eran Peter Cushing y Christopher Lee recreando una y otra vez los mitos clásicos: el doctor Victor Frankenstein y su criatura, Drácula y Van Helsing, entre tantos otros. Eran películas de monstruos clásicas con ese color saturado y teatralidad exquisita, incluso viéndolas en un televisor blanco y negro los sábados por la tarde, cuando algún canal decidía rescatarlas.
Monstruos heredados por generaciones
Nuestro primer contacto con estos monstruos sagrados suele depender de la generación a la que pertenecemos. Yo conocí a los monstruos de la Universal ya de más grande, y me resultaban casi ridículos. Hoy los valoro de otra manera, pero el Frankenstein cabezón de Boris Karloff jamás me asustó. Tampoco el Drácula de Bela Lugosi, al que mi mente adolescente no dejaba de emparentar con Carlos Gardel. Solo le faltaba cantar “Mi Transilvania querida”.
Ni hablar del hombre lobo: me hacía gracia que la criatura se diferenciara de su versión humana solo por tener más pelo y colmillos. Hasta que años más tarde, casi muero del miedo viendo un licántropo como la gente: el de Aullidos (The Howling, 1981) o el de Un hombre lobo americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981).
Cuando el miedo se volvió humano
Algo distinto se intentó con Wolf (1994), con Jack Nicholson, donde la transformación era más psicológica que física, y también con The Wolfman (2010), con Benicio del Toro y Anthony Hopkins. De la momia no me ocupo: la única que recuerdo con cariño es la que peleaba con Martín Karadagián en Titanes en el Ring.
Renacimientos de los 90: lujo, sangre y romanticismo
Décadas más tarde hubo un resurgir glorioso con Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola —Gary Oldman, imbatible— y Frankenstein de Mary Shelley (1994) de Kenneth Branagh, con Robert De Niro como la criatura. Eran películas de monstruos clásicas reimaginadas con estética operática, lujo visual y pasión gótica.
En los 90, lo más rentable era decir que “eran las versiones más fieles” a las novelas originales. Nunca lo eran del todo, pero servía para encender debates que aún hoy seguimos teniendo.
Vampiros de ayer y de hoy
La versión de Coppola me pareció disruptiva: me costaba imaginar un conde tan alejado del estereotipo con el que crecí —el de Christopher Lee o Jack Palance—, pero ese enfoque romántico y trágico funcionaba. Claro que antes estuvo Nosferatu (1922), el plagio descarado de F.W. Murnau al texto de Stoker, luego reinterpretado por Herzog en 1979. Ese conde era otra cosa: un monstruo patético, un depredador hechizante.
Mi vampiro ideal ya no tenía que parecerse al conde literario: tenía que parecerse a los vampiros de mi adolescencia, los que poblaron esas películas de monstruos clásicas de los 60, 70 y 80 que me formaron.
Lo último que vi fue Nosferatu (2024) de Robert Eggers. Visualmente impactante, sí, pero por momentos anticlimática. No me cayó bien ese conde. Tampoco me animé aún a ver el Drácula (2024) de Luc Besson: lo admiro, pero el tráiler me espantó.
Del Toro, redentor del género
Por suerte llegó Guillermo del Toro y recuperó la magia. Podremos objetarle cosas, pero se mandó una obra que vale la pena ver más de una vez. Tiene ese toque suyo de ternura monstruosa que vuelve entrañable lo que debería dar miedo.
El monstruoverso que nunca despega
Mientras tanto, los estudios con los derechos de los monstruos clásicos de Universal siguen amenazando con revivir una franquicia que no termina de cuajar. El último intento fue La Momia (2017) con Tom Cruise, que fracasó sin remedio. El Hombre Invisible (2020) de Leigh Whannell funcionó muy bien, pero su Wolfman todavía no salió a la luz.
Inmortales, aunque el celuloide envejezca

Lo cierto es que estas películas de monstruos clásicas, que nos hicieron disfrutar durante generaciones, siguen vivas, resistiendo modas, remakes y reboots. Sobrevivieron —y todo indica que sobrevivirán— a una era donde casi todo parece descartable.
Y tal vez eso sea lo que más asusta y fascina: su obstinación por seguir existiendo.
¿Buscas otra recomendación (o una advertencia)?
El análisis no termina aquí. Podés encontrar muchas más críticas de cine y series, siempre con una mirada más profunda, en mi página pilar de Cultura y Crítica. ¡Tu próxima película o serie favorita podría estar ahí!
Y si además de analizar las creaciones de otros te interesa leer las mías, te invito a visitar mi sección de Creación Literaria
