
Hace más de 30 años, el trabajo remoto sonaba a utopía. Hoy, la conexión permanente es una obligación. Sin darnos cuenta, como el sapo en la olla que se calienta, hemos cedido nuestra autonomía a cambio de comodidad. Esta es la crónica de nuestra progresiva pérdida de libertad por la tecnología: un viaje desde el «poder» elegir hasta el «deber» obedecer, que nos acerca peligrosamente a la singularidad.
Fase 1: La Promesa de la Conexión (El «Poder»)
La historia comienza con herramientas que nos ofrecían opciones. El email era incipiente; si tenías una cuenta, PODÍAS mejorar la comunicación. Los primeros teléfonos móviles llegaron; si querías estar siempre conectado, PODÍAS tener uno. Facebook apareció; para tener «amigos» en todo el mundo, PODÍAS unirte. Cada paso era una elección, una promesa de un mundo más fácil y conectado.
Fase 2: La Trampa de la Integración (El «Deber»)
Pero cada «poder» se convirtió sutilmente en un «deber». Para ser tomado en serio en el trabajo, DEBÍAS tener email. Para ser ubicable, DEBÍAS tener un móvil. Para ser considerado «normal», DEBÍAS tener Facebook. La tecnología dejó de ser una opción para convertirse en el precio de entrada a la sociedad. La privacidad, antes un tesoro, se la entregamos voluntariamente a empresas privadas a cambio de validación social, exponiendo incluso a nuestros hijos sin su consentimiento.
Fase 3: La Obligación Digital (El Control)
La transición se aceleró con los smartphones y la banca virtual. Las «boletas sin papel» pasaron de ser una opción ecológica a una obligación. Si querías pagar tus servicios, DEBÍAS tener una cuenta virtual. La seguridad se convirtió en la excusa perfecta para la vigilancia: nuestros datos biométricos (huellas, rostro) ahora son la llave de nuestro propio teléfono. Ya no es nuestro dispositivo; sabe exactamente quiénes somos.
Fase 4: La Singularidad a la Vista (La Exclusión)
El «suceso mundial» que nos obligó a quedarnos en casa fue el catalizador final. La virtualidad se volvió obligatoria. Aplicaciones monitorearon nuestros movimientos. Los mayores, antes reacios, tuvieron que claudicar para acceder a servicios básicos de salud.
El «poder» tener un smartphone para que nos «cuidaran» se transformó en el «deber» tenerlo para no convertirte en un marginal.
Hoy, la tecnología ya no es una herramienta: es el sistema. En China, el crédito social ya es una realidad. Y la IA, con sus algoritmos, es la que decide. Ya no es una persona, es un código el que determina nuestros derechos.
El Futuro ya está Aquí: ¿Integrado o Excluido?

¿Ven la progresión? Dentro de muy poco, nadie sin un smartphone o una identidad digital podrá hacer una sola compra. Será por ley. Solo habrá dos tipos de personas: las que acepten vivir bajo estos términos, y las que, con un sacrificio inmenso, intenten vivir fuera del sistema.
El problema es que no habrá término medio. Si no estás integrado, no tendrás derecho a nada. La IA nos ha demostrado que somos prescindibles. ¿Te dejarías prescindir porque un algoritmo dice que no sirves, o crees que la vida es otra cosa?
Conclusión: El Salto que Debimos Dar
En lo personal, nunca creí llegar a ver algo así. Fascinado como estaba por las distopías. Y ahora pienso que si bien PUDE darme cuenta antes de que esa pesadilla era posible, DEBÍ hacerlo antes.
Ya es un poco tarde, aunque me crea capaz de dar el salto, duela lo que tenga que doler.
PODER Y DEBER integra la antología de LÍNEAS HUÉRFANAS
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