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¿Y si la teoría del eterno Retorno fuese algo plausible?
Hay una pregunta que cuando se la planteás a alguien, la mayoría reacciona con una mueca, como si fuera demasiado abstracta para la vida real. Pero la pregunta es simple: ¿qué pasa si ni la religión ni la ciencia oficial tienen razón sobre el origen de todo, y la verdad es que nunca hubo un origen?
Le planteé esto a Daria sin demasiado preámbulo.
—¿Tenés algo para tomar? —le pregunté—. Porque esto va para largo.


—Ya lo sabía cuando me escribiste a las once de la noche con un audio de cuatro minutos. Sí, tengo. Empezá.
—Ya sabés que no creo en la creación divina porque no necesito un creador externo para explicar la existencia. Pero tampoco me convence del todo que todo haya salido de una explosión puntual, porque eso solo traslada la pregunta: ¿y qué había antes del Big Bang? ¿Y si la respuesta es que no hubo un antes ni un después, sino que todo esto ya pasó, infinitas veces, y va a volver a pasar?


—Bienvenido a la teoría del eterno Retorno —dijo Daria, sin sorprenderse—. Una de las ideas más antiguas y más inquietantes de la historia del pensamiento. Y no, no la inventó ningún gurú de Instagram. Tiene dos mil quinientos años de linaje serio.
— Y si, somos muchos y viviendo aquí por demasiado tiempo para que no lo haya pensando alguien antes ¿En serio tan antigua la tal teoría del eterno retorno? (nombre épico si los hay)


—Los estoicos la plantearon por escrito por primera vez en Occidente. Creían que el universo se extinguía completamente en una gran conflagración, todo ardía, y desde esas cenizas se reconstruía exactamente igual, para que los mismos actos volvieran a ocurrir una vez más. No una vez. Para siempre. Y no estaban solos: el hinduismo y el budismo tienen su propia versión con la rueda del tiempo, un ciclo continuo de nacimiento, muerte y renacimiento que no es solo individual sino cósmico.
—¿Y ahí entra Nietzsche?


—Nietzsche llega muchísimo después y le da un giro. Tomó la idea estoica y oriental y la convirtió en una herramienta filosófica, no solo cosmológica. Su argumento, en Así habló Zaratustra y en La Gaya Ciencia, era casi matemático: si la cantidad de fuerza en el universo es finita, pero el tiempo es infinito, las combinaciones posibles de esa fuerza también son finitas. Y una combinación finita repitiéndose en un tiempo infinito está condenada a repetirse infinitas veces. No es una metáfora poética. Es una conclusión lógica si aceptás las premisas.
—Pero viniendo de Nietzsche, supongo que no estaba tan interesado en si era literalmente cierto. Es probable que lo usara más como un experimento mental.


—En reaidad, las dos cosas. Nietzsche imaginaba un demonio que te revela que vas a vivir tu vida exactamente igual, una y otra vez, para siempre. Y la pregunta que te hace ese pensamiento no es cosmológica, es existencial: ¿la vivirías de la misma manera? Si la respuesta te aterra, hay algo en cómo estás viviendo que no soportarías repetir. Si la respuesta te genera una especie de paz feroz, estás más cerca de lo que él llamaba afirmación de la vida.
—Está bien, pero eso es filosofía. ¿Hay algo de esto en la física actual, o quedó en el siglo XIX como curiosidad y no creció más?


—Acá viene la parte que más te va a interesar. Roger Penrose, premio Nobel de Física 2020, tiene un modelo cosmológico serio llamado Cosmología Cíclica Conforme. Su propuesta es que el universo no tuvo un comienzo absoluto. Lo que llamamos Big Bang sería simplemente el punto de transición entre un universo anterior que llegó a su muerte térmica, y uno nuevo que empieza. Él lo describe como «un eón dentro de una sucesión de eones».
—Interesante. Me juego la cabeza que no está «consensuado» por la comunidad científica…


—No hace falta que te juegues nada, y ahí está el matiz importante que no quiero pasar por alto: la mayoría de cosmólogos, físicos relativistas y físicos de partículas RECHAZAN el modelo de Penrose. No hay evidencia observacional directa de un universo anterior al nuestro. El modelo estándar del Big Bang con inflación tiene mucho respaldo, sobre todo por la radiación cósmica de fondo. Penrose mismo reconoció ciertas anomalías en esa radiación como posible evidencia a favor de su teoría, pero esas observaciones son estadísticamente disputadas, y otros físicos directamente las descartan.
—Claro, y como suele suceder con todo lo que no responda a sus modelos oficiales, es una teoría minoritaria.


—Absolutamente minoritaria, defendida por un físico de altísimo prestigio pero sin el consenso de su campo. Eso no la vuelve falsa, desde ya. Pero tampoco la vuelve verdad solo porque venga con un Nobel detrás. La apelación a la autoridad funciona en los dos sentidos: ni «es verdad porque lo dijo alguien importante» ni «es mentira porque la mayoría no está de acuerdo». Hay que mirar la evidencia, no el cartel. Y hasta el momento, no tenemos la contundencia necesaria.
¿Y hay algo que podamos hacer con esto? Ni la religión nos da una respuesta satisfactoria, ni la ciencia oficial tiene consenso sobre qué hubo antes del Big Bang, y la alternativa cíclica es minoritaria y no comprobada, como de costumbre, parece un laberinto que termina ganando por cansancio la mayoría.


—Bueno, por algo estamos hablándolo. No elegimos un bando porque nos haga sentir más cómodos. La pregunta de qué hubo antes del origen de todo sigue siendo, en este momento de la historia del conocimiento humano, genuinamente abierta.
Lo que sí podemos decir es esto: la idea de que la historia humana se repite en patrones, que no es lo mismo que decir que el universo entero se repite átomo por átomo, tiene sustento observable.
Mirá cualquier ciclo de auge y caída de imperios, de revoluciones que prometen libertad y terminan en nuevas formas de control, de generaciones que repiten los errores de las anteriores convencidas de que esta vez es diferente. Eso no necesita física teórica para sostenerse. Lo vemos.
—Exacto, es como observar la naturaleza y sus ciclos, todo encaja mucho más naturalmente ¿Y el origen del universo en sí, que es lo más espinoso? ¿La teoria del eterno retorno no ofrece más respuestas en probabilidades gracias a la propia observación de lo que nos rodea?


—Por ahora, sigue siendo el misterio más persistente que tenemos. Y quizás el valor real de la pregunta no esté en resolverla sino en lo que te obliga a hacer mientras no tiene respuesta: vivir sin la comodidad de una certeza prestada, ni divina ni científica, y aun así seguir buscando.
—Una cosa más antes de cerrar esto —dije—. ¿Sabías que hay un antecedente literario de todo esto, mucho antes de Penrose?


—Contame, porque me encanta cuando el dato sale de un lugar inesperado.
—Edgar Allan Poe. En 1848, un año antes de morir, escribió un ensayo cosmogónico llamado Eureka.
En plena época en que el consenso científico sostenía que el universo era estático, infinito y eterno, Poe describió algo completamente distinto: un universo que nace de una materia originalmente concentrada a temperatura altísima, se expande, y eventualmente colapsa sobre sí mismo en lo que hoy llamaríamos un Big Crunch.


—¿Un escritor de terror anticipando cosmología moderna? Por qué no me sorprende que justo vos aportes ese dato.
—Bueno, eso mismo se preguntan los astrónomos que estudiaron el texto. Un especialista del Observatorio Astronómico de Bolonia lo analizó y concluyó que no era una chifladura ni una teoría científica formal, sino la visión de una mente imaginativa que, usando las herramientas de su época, llegó a intuir la cosmología más revolucionaria del siglo siguiente.


—De todos modos, siendo rigurosos, eso no prueba que Poe haya inspirado a nadie en física moderna. Penrose no estaba leyendo cuentos de terror para armar su modelo. No hay ninguna línea de influencia directa documentada.
Es coincidencia intelectual, no genealogía científica. Pero es un dato hermoso de todos modos: que la misma intuición, universo que nace, se expande, y vuelve a colapsar, haya aparecido tanto en la imaginación de un escritor del siglo XIX como en la matemática rigurosa de un Nobel del siglo XXI.
—Permitime desconfiar de la coincidencia intelectual. Tampoco podríamos afirmar que Arthur C. Clarke inventó los satélites, pero resulta que fue toda una inspiración para su desarrollo.
Y ya sabés que tengo mucho para cuestionar al respecto. Este es un buen antecedente de cómo la fantasía de una mente creativa puede desatar algo que termina siendo un castillo de naipes que crece sin la solidez de uno de piedra, pero desmesuradamente.


—Es un punto interesante el que marcás, y no lo voy a negar del todo. La idea no necesita un canal de transmisión documentado para tener peso cultural. Lo que sí me importa distinguir es entre influencia y eco.
Que algo «estaba en el aire» cuando una mente brillante lo imaginó, y que después otra mente brillante, sin saberlo, llegue a una intuición parecida por caminos completamente distintos, no es lo mismo que decir que uno causó al otro. Pero coincido en que esa diferencia, muchas veces, termina importándole menos a la historia que el relato que se cuenta después.
—¿Y lo que no cierra del Big Bang? Porque ahí es donde realmente queda la puerta abierta para que se instale la teoría del eterno retorno.


—Lo que no cierra es justamente el origen del origen…
Lo dejamos ahí. No porque no haya más para decir, sino porque hay preguntas que existen precisamente para no cerrarse. Esta es una de ellas.

Si querés profundizar en estos diálogos y tener las herramientas físicas para resistir al algoritmo, te recomiendo el pack de CONVERSACIONES CON DARIA y el ORÁCULO DE LAS CONSPIRACIONES. Un mapa analógico para no quedarte afuera de nada.


Preguntas Frecuentes
¿Qué es La Teoría del Eterno Retorno?
La teoría del eterno retorno es una concepción filosófica que plantea que los eventos del universo, o la historia, se repiten en ciclos infinitos en lugar de seguir una línea de tiempo única e irrepetible. Tiene origen en el estoicismo griego y fue retomada y reformulada por Friedrich Nietzsche en el siglo XIX.
¿Nietzsche fue quien inventó la teoría del Eterno Retorno?
No. Los estoicos la plantearon por escrito siglos antes en Occidente, y tradiciones orientales como el hinduismo y el budismo tienen conceptos similares con la rueda del tiempo. Nietzsche le dio una reformulación filosófica propia, conectándola con su idea de afirmación de la vida.
¿Existe alguna teoría científica seria sobre un universo cíclico?
Sí. El físico Roger Penrose, Premio Nobel de Física 2020, propuso la Cosmología Cíclica Conforme, que plantea que el Big Bang no fue un comienzo absoluto sino la transición entre un universo anterior y uno nuevo. Sin embargo, es un modelo minoritario, rechazado por la mayoría de la comunidad de cosmólogos y sin evidencia observacional confirmada.
¿Por qué la mayoría de los científicos rechazan la teoría del eterno retorno de Penrose?
Porque no hay evidencia directa confirmada de un universo previo al nuestro, y el modelo estándar del Big Bang con inflación cósmica tiene mucho más respaldo observacional, especialmente a través de la radiación cósmica de fondo.
¿Qué relación tiene la teoría del Eterno Retorno con la idea de que la historia se repite?
Aunque son conceptos distintos, comparten una intuición común: que los patrones (auge y caída de civilizaciones, errores generacionales repetidos) no son lineales sino cíclicos. Esa repetición histórica es observable empíricamente, a diferencia de la repetición cósmica literal que plantea la filosofía del Eterno Retorno.
