Un Cuento sobre el Amor y la Muerte: Colores que Nunca Combinan

No hay colores que nunca combinan más distintos, que los que llevan el amor y la muerte.

Hay fuerzas tan antiguas como el tiempo mismo, dos caras de la misma moneda existencial: el Amor y la Muerte. Nos enseñan a verlas como enemigas, como conceptos opuestos que libran una batalla eterna. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si, en el silencio de su trabajo, existiera un respeto, una curiosidad, incluso una atracción imposible?

Este cuento sobre el amor y la muerte «Colores que Nunca Combinan» es el cuento que da nombre a mi antología. Es una fábula que personifica estas dos fuerzas y las sienta a tomar un café en un cementerio, para explorar una de las preguntas más profundas: ¿puede el amor conquistarlo todo, incluso a la misma Muerte?

Colores que Nunca Combinan
(Un cuento original de Henry Drae)

cuento sobre el amor y la muerte - Colores que Nunca Combinan - Ilustracion

El Amor era un señor que vestía un traje gris, llevaba una atildada corbata salmón, y una camisa blanca decorada solo con buenas intenciones. Habitualmente se mostraba más jovial que juvenil. Además, ya todos sabían que el Amor no tenía edad. Y contradiciendo al saber popular no era ciego, pero interpretando la metáfora, sus ojos veían mucho más allá de una apariencia.

La Muerte era una mujer seductora. Nada de huesos sin carne, nada de piel apergaminada y hedor fétido emanando de su cuerpo. Vestía de negro, pero por coquetería, ya que la estilizaba y no pasaba de moda, cualidad fundamental a tener en cuenta por alguien como ella. Parecía mucho más joven de lo que seguramente era, y su voz tenía el poder de silenciar hasta el más mínimo sonido en derredor, sin siquiera tener que elevar su tono.

Ambos a menudo se cruzaban. Muy a menudo, pero rara vez se dirigían la palabra. Algunos hubiesen creído que por respeto, pero en realidad, ya con hacer su trabajo sin interponerse, bastaba y no tenían mucho más para decir.
Pero un día El Amor creyó que las cosas podían ser diferentes. Nadie podía ser ajeno a él, y nadie podía dejar de morir. Y si ellos solo debían hacer su trabajo, ¿por qué no tener una relación más cordial?

“¿Tomamos un café?” dijo un día él mientras su eventual compañera le quitaba el último suspiro a un sexagenario canceroso. Ella se sobresaltó de tal manera que el anciano casi se convierte en un milagro de la ciencia. Pero no; se antepuso su profesionalidad, y se llevó esa vida mientras meditaba una respuesta. En realidad ni siquiera lo había visto, pero el Amor estaba allí gracias a la mujer del enfermo, que quería tanto a su esposo que deseaba que la Muerte se lo llevara para que no siguiera sufriendo.

Su soledad de allí en más, era lo de menos, y no había lugar para el egoísmo que solía frecuentar esos eventos con asiduidad.
“Está bien’ ‘dijo ella, “pero tiene que ser en casa. No salgo si no trabajo para evitar confusiones”.
Y así fue, se encontraron en el cementerio más antiguo de la ciudad, que La Muerte había emprolijado para la cita, tapando algunas fosas profanadas y enderezando lápidas carentes de visitas y mantenimiento.

Él apareció con un ramo de rosas, pero ella le reprochó el que le haya justamente llevado cadáveres como presente. La Muerte preparó un café muy cargado, bastante diferente al que estaba acostumbrada a probar en las salas de sepelios, y una vez sentados en cómodas y sendas tumbas con vista al paisaje lunar, comenzaron la charla.

—No creí que fueras a aceptar tan rápido mi invitación.
—¿Rápido? ¡Creí que nunca ibas a animarte a hablarme!
—Bueno, debes reconocer que resultas intimidante, y al Amor hay que cuidarlo.
—¿No es que el Amor nunca muere?
—Si, eso dicen, pero también es frágil e inseguro. Si no, la gente no dejaría de sentirlo o de cambiar la consistencia de sus sentimientos.

—¿Y de qué querías hablar?
—Supongo que de trivialidades, ¿Por qué no podemos tener una relación…?
—¿De Amistad? Ni lo sueñes, La Amistad es más complicada que tú mismo. Depende mucho de dos personas, nunca uno solo tiene la decisión de conservarla. Yo soy mucho más práctica, hay muchos motivos para morir, pero el final en sí, es inapelable.

—Práctica como toda mujer… también es aplicable al género.
—¿Y tú? ¿Sigues siendo siempre el mismo romántico nostálgico?
—No me confundas, yo soy Amor puro. El Romance es muy fugaz y la Nostalgia confunde las cosas. No salimos juntos muy seguido, porque terminamos desvirtuándonos unos a otros.

—Sensata decisión. Pero entonces ¿qué es el Amor?, Y por favor no quiero frases hechas.
—¿Qué soy? Sencillamente incondicional. Si me sientes, no pides nada a cambio.
—Altruista.
—Legítimo. Sincero. Puro.
—Y para nada modesto.

—No, no es vanidad, pero tantos me nombran, y tan pocos me sienten, que debo marcar la diferencia. Pero hablemos de ti. ¿Qué hay de la agonía y el dolor que provocas?
—Vaya, veo que tienes claro lo que haces, pero tampoco miras mucho alrededor. ¿Soy culpable de que la gente sienta dolor aunque sepa que la Muerte es inevitable? ¿No soy yo la que termina con la agonía cuando voy a finalizar una vida? ¿No tienes nada mejor para echarme en cara?

—No, por favor, no te ofendas. No fue esa mi intención.
—Lo sé… eres todo Amor, ¿verdad?
—Y tú no puedes evitar la cruel ironía.
—No confundas ironía con pragmatismo. Ya te dije lo que soy, ni más ni menos.
—Pero también sabes que puedo aceptarte y quererte como eres.

—Sí, sí, por eso de lo incondicional. ¿Sabes que? No me caes mal, de verdad. La Soledad no es buena compañera, al punto de que nunca está demasiado tiempo con nadie, ni siquiera bajo amenaza… de Muerte. Entonces es muy tentador que iniciemos algo, algo puro, algo intenso, algo que no requiera de Romance y que dure lo suficiente para que no nos llegue la Nostalgia… pero no funcionaría.

cuento sobre el amor y la muerte - ilustración alternativa

—Pero, ¿por qué? ¿Tienes la lucidez suficiente como para notar que seríamos buena pareja y dejarías ir la oportunidad?
—Es que es obvio, Amor—, dijo ruborizándose, como si no se hubiese percatado de que acababa de decir solo un nombre a la larga te mataría—. Y este mundo, no puede existir sin Amor.

Y así fue como entendiendo la lógica de ella, él se marchó con el corazón destrozado. Nunca le había pasado, siempre se encargó de dar cantidades inmensas de sí mismo, a esposos, padres, hijos, amigos… siempre se encontró contagiando a quien recibiera semejante regalo divino con la sana capacidad de amar, como el efecto rebote más maravilloso del que cualquier vida podía gozar.

Su plan perfecto, de conquistar a la Muerte, de seducirla y convertirla en su pareja con el fin de lograr que dejara su plan diabólico, había fracasado. Y supo exactamente por que; por primera vez, su Amor, no había sido desinteresado.

Henry Drae

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