
El dicho popular nos enseña que las tres claves de la vida son ‘salud dinero y amor’.
Pero, ¿qué sucede cuando se nos da la oportunidad de pedirlas como deseos? A continuación, te presento un cuento corto titulado ‘Salud dinero y amor’, una fábula moderna que explora la naturaleza de nuestros anhelos y el poder de la perspectiva. Acompaña a Edgardo en su encuentro con un genio muy particular y descubre una lección de vida inesperada.
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Érase una vez un hombre, de nombre Edgardo, que estaba triste y deprimido. No sabía que hacer con su vida, y se la pasaba alternando entre estados de ansiedad y de insatisfacción. Nunca había pasado por su cabeza el quitarse la vida, pero a menudo se encontraba preguntándose por qué y para qué vivía.
Hasta que un día, quizás el menos pensado (o al menos eso hubiese querido creer para gozar de la adrenalina de la sorpresa), en medio de su habitación, se le apareció un genio.
No es que tuviese la apariencia típica. Un turbante indio o unas babuchas, no, era un hombre como de su edad, sin nada particular más que una sonrisa que se le hizo boba en el rostro. Podía ser un “genio”, o un “Eugenio”, no había nada que lo identificara como a algo sobrenatural, pero el dueño de casa supo enseguida lo que era.
—Tengo poco tiempo —dijo el genio—, pero no me iré hasta cumplirte tres deseos.
—Muy bien, si esto es un sueño, solo espero que mañana lo recuerde.
—No lo es, pero cuidado con lo que dices de aquí en más. Elige cuidadosamente.
—Muy bien, el primero es bastante obvio. Quiero que nunca más necesite de dinero.
—Concedido, nunca más sentirás que el dinero sea importante para ti, bajo ninguna circunstancia.
—¿De verdad? ¿Qué has hecho, me has llenado las cuentas bancarias?
—Mmm, no, para nada. Sigues con lo mismo, pero desde ahora, no sentirás que el dinero sea importante para vivir.
—¿Es una broma?
—En absoluto, pero te felicito, escogiste muy bien tus palabras, si hubieses pedido “todo el oro del mundo”, algún día, más pronto que tarde, te hubiese sido igual de insuficiente. De este modo, vas a poder vivir sin considerar que necesitas dinero, tal como lo has pedido. ¿No lo sientes así ahora mismo? El dinero no vino a la tierra con el primer ser humano, es un invento suyo. Y puedes vivir sin él, porque sería estúpido que creas que no. El efecto de esto es inmediato, solo tienes que entenderlo en profundidad.
—Bueno, a decir verdad… es extraño, pero sí, no lo había considerado antes.
—Vamos con el segundo.
—Verás, he estado mucho tiempo solo y…
—No tienes que darme explicaciones, solo pide tu deseo.
—Que todas las mujeres me quieran.
—De acuerdo, te lo concedo, pero eso requiere de un desbloqueo, es algo sencillo.
—¿Qué debo hacer?
—Cuando te acerques a la mujer con la que pretendas relacionarte, cuando la trates, y luego estés seguro de que esa es a la que quieres porque te has tomado el tiempo de conocerla y de hacerte conocer, debes decirle “te quiero”.
—Pero… Si yo se lo digo antes, ¿qué gracia tiene? ¿Cómo voy a saber que va a responder de la misma manera?

—¿No me lo estás pidiendo? Te lo acabo de conceder.
—Pero ¿no sería más sencillo si haces que todas me quieran y listo?
—No te has puesto a pensar en que si varias personas piden lo mismo, habrá mujeres que quieran a todos los hombres que lo hayan pedido, ¿crees que eso puede terminar bien? Además, imagina que una mujer que ya sabes que te quiere se te lanza encima sin que la conozcas, ¿Cómo haces para decirle luego que a ti no te pasa lo mismo?
—Bueno, viéndolo así…
—Tercer deseo, por favor piénsalo bien. Aunque no estás siendo muy original, así que ya imagino por donde vas.
—No pretendo que mis deseos sean originales, sino útiles. El tercero es que no quiero enfermarme nunca más en la vida.
—Mmm, está bien, muchos piden ser eternos, y eso es complicado porque no tienen idea del aburrimiento que provoca el tiempo extra. Los ciclos existen por algo.
—Pero, ¿me lo concedes o no? ¿No hay una clave o trampa en esto?
—No, no hay problema, te lo concedo, pero dime ¿Cómo te sientes hoy?
—Perfectamente, de hecho, mejor que ayer. Digamos que tu visita me sirvió para darme ánimos.
—Está bien, aquí si hay una condición: no te enfermes.
—Ja, ¡sabía que no ibas a poder con esta! A nadie le gusta enfermarse! ¿Crees que es voluntario?
—No, pero todos hacen cosas que los enferman por hacerle caso a otros. Conéctate con la naturaleza, ella sabe más que tus pares sobre como mantenerte sano. Sigue tu instinto. Haz de cuenta de que eres el único hombre sobre la tierra y debes descubrir por ti mismo, que es lo que te hace bien o mal, ¿no crees que es exactamente lo que le pasó al primero que pisó esta tierra, sea de donde sea que haya salido?
—Demasiado místico para mi gusto, ¿y qué hay de los avances y de cómo la ciencia ha mejorado nuestra calidad de vida?
—¿Mejorado al punto de que le tienes que pedir a un genio que no te enfermes más? La gente no se moría al nacer por falta de médicos, imagina que pasaron muchos (muchísimos) años hasta que aparecieron los primeros “doctores”. Si hubiesen sido indispensables para nuestra evolución, hubiesen llegado antes.
—No me simpatizas.
—No vine a caerte bien, solo a cumplir los deseos que mejorarán tu vida. Ya no tienes más, pero de pronto, te has dado cuenta de que no necesitas del dinero para ser feliz, no vas a tener miedo a decirle a una mujer que la amas porque sabes cuál puede ser la recompensa, y pensarás muy bien antes de hacer algo que pueda enfermarte, siendo que estás sano y te sientes bien como nunca. ¿He cumplido con tus demandas?
—En una forma retorcida, pero sí. ¿Volveré a verte alguna vez?
—No, pero me recordarás cada vez que hayas arruinado uno de tus deseos por ejecutarlos mal. Lo bueno es que no me necesitas para corregirlo, ya sabrás lo que debes hacer.
El genio se fue sin decir más nada y Edgardo se tapó con la sábana y durmió de inmediato. Al otro día, al levantarse, no supo con claridad si todo había sido un sueño. Pero antes de salir a la calle abrió su billetera, la encontró vacía y largó una carcajada. No una risa amarga, ni un suspiro anhelante, sino una carcajada franca.
Y eso le dio una pista de que, en efecto, podía estar comenzando una nueva vida

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La historia de Edgardo y el genio nos deja una reflexión profunda: la verdadera transformación no viene de cambiar nuestras circunstancias externas, sino nuestra perspectiva interna.
Este cuento filosófico nos recuerda que la felicidad, la abundancia y el amor a menudo ya están a nuestro alcance, pero requieren de nuestra propia acción y cambio de mentalidad. La lección final es que los mejores ‘deseos’ son aquellos que nos empoderan para construir la vida que queremos, en lugar de esperar a que la magia nos la entregue.
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