
Hay una pregunta que me persiguió durante mucho tiempo sin que pudiera formularla bien: ¿qué haría si pudiera volver a empezar, pero sin perder nada de lo que ya fui? No como metáfora, no como ejercicio de autoayuda. Literalmente. Con memoria intacta, con la misma carga genética, con el mismo perro si la suerte acompaña.
Esa pregunta es el origen de El Ancla, la novela de ficción especulativa argentina en la que estoy trabajando. Lo que publico hoy es el prólogo, que puede leerse como un cuento con final abierto o como la primera pieza de algo más grande. Todavía no sé cuándo va a estar lista la novela. Sé que Charlie, el protagonista, tiene cincuenta y nueve años, vive solo y tiene una decisión que tomar antes de cumplir sesenta. El resto, por ahora, es suyo.
Prólogo de El Ancla
La luz brillante le golpeó las retinas y obligó a que cerrara los ojos de nuevo para volver a intentarlo con mayor suavidad. Le dolía la parte trasera de la cabeza, lo cual le recordó de inmediato el golpe que se dio contra el borde de la acera al caer desplomado, sin poder mantener ni el equilibrio ni la conciencia.
El cielorraso era blanco, con algunas manchas de humedad que iban perfilándose a medida que recuperaba el foco. Estaba recostado en algo firme que no se sentía como una cama pero tampoco una camilla, aunque se parecía a ambas.
—Quieto, no mueva la cabeza, ya va a pasar —dijo una voz firme pero a la vez cordial, a su derecha.
La mujer estaba sentada en una silla recta sin ornamentos, con una tableta apoyada sobre las rodillas y una expresión que Charlie percibió amable. Tendría unos treinta y cinco años, cabello rubio enrulado rebajado al cuello y rasgos muy armónicos. Vestía una especie de mono que estaba a mitad de camino entre un uniforme de laboratorio y una prenda de diseñador.
—¿Qué me pasó? ¿Por qué estoy aquí? —preguntó Charlie.
—Una caída con una contusión. Nada serio, pero pudo serlo si caía peor. No me queda más que pedirle disculpas.
Charlie intentó incorporarse mientras ponía cara de confusión. Ella no lo ayudó, pero tampoco lo detuvo. Quedó apoyado en sus codos.
—Me desmayé —dijo, más para ordenar sus propios pensamientos que para informarle de algo. ¿Por qué me está pidiendo perdón? ¿Acaso me drogó sin que me diese cuenta?
—Oh, no. Nada de eso. Es que sabíamos que pasaría. Y lo ideal es que esta señal no lo pusiese en riesgo.
—¿Quiénes sabían?
Ella apoyó la tableta con un gesto que sugería que esa pregunta también era parte del proceso.
—Eso le quedará un poco más claro después de la conversación que debemos tener. Lo que puedo decirle ahora es que no es casual lo que le sucedió, que lo que experimentó en los últimos días (el cansancio inusual o los sueños recurrentes), es parte de lo que llamamos el período previo. Y que en pocos días, cuando cumpla sesenta años, va a tener que tomar una decisión.
Charlie la miró un momento, aún más confundido.
—No entiendo nada de lo que me dice, aunque me haya pasado lo que describió. Incluso el dato de mi cumpleaños, ¿Cómo lo sabe? Pero, sobre todo ¿Por qué lo sabe? ¿Quién es usted?
—Puede llamarme Aurora, —respondió luego de un suspiro corto. Y seré quien lo asista en todo este proceso, Charlie. ¿Le molesta que lo llame por su nombre?
Respondió con un ademán de fastidio. Realmente, el trato coloquial era lo que menos le preocupaba. Afuera no se escuchaba nada. El cuarto no tenía ventanas, o las tenía cubiertas, y la temperatura era la adecuada para que no fuese una incomodidad.
—Veamos; vive solo, o más precisamente con su perro, un border collie adorable de nombre Peaky. No tiene familia conocida con vida, solo una ex esposa que no quiere verlo ni hablar con usted a pesar de sus intentos por comunicarse, aunque sea para saludarla por su cumpleaños. Cobra una jubilación como docente y percibe una renta por una propiedad heredada.

No tiene problemas económicos, pero tampoco gasta en exceso. Es austero, poco sociable, pasa el tiempo leyendo, viendo streaming o construyendo dioramas, un hobbie que practica desde hace unos años para cultivar la paciencia. —Aurora inclinó levemente la cabeza, como si estuviera eligiendo el orden de las palabras con más cuidado del habitual—. Si bien parece ser una persona estable emocionalmente, visto desde afuera, podría decirse que es bastante aburrido. Disculpe eso último, yo no redacté el informe —dijo levantando la vista de la pantalla.
—¿Y por qué me están espiando? Sobre todo si creen que soy aburrido.
—Porque ha sido elegido como “ancla”. Antes de que me pregunte de qué se trata, déjeme que le plantee las posibilidades. Está por cumplir sesenta años en unos días.
Puede seguir viviendo su vida su vida con normalidad. Todo indica que va a llegar sin mayores inconvenientes a los ciento veinte años, posiblemente más. No es una proyección optimista, es lo que los datos sostienen para alguien con su perfil genético y el ritmo de avance en medicina regenerativa que ya está en curso. Sesenta años más, Charlie. Tiempo de sobra para que todo lo que siente que se cerró, vuelva a abrirse. —Hizo una pausa que pareció dramática, pero en realidad le estaba dando tiempo para procesar—. Pero hay una segunda opción. Y por eso mismo estamos acá.
Charlie guardó silencio.
—Puede comenzar otra vida. Literalmente —continuó ella—. Nacer de nuevo. Sus mismos padres, su misma carga genética, pero en el contexto que les haya tocado vivir a ellos en ese momento. Que no va a ser el mismo, porque el tiempo habrá pasado y los habrá formado de manera diferente. Usted sería, en términos biológicos, un bebé. Pero su memoria estaría intacta, aunque no podría procesarla de inmediato. A medida que vaya creciendo con normalidad, empezaría a saber quién es. A entender qué trae consigo más allá de sus genes con recuerdos esporádicos.
—¿Y qué sería eso?
—Lo que es. Lo que fue. Lo que aprendió a lo largo de una vida entera. Su backup completo, pero sin los achaques de la edad.
Charlie se miró las manos. Las de un hombre de cincuenta y nueve años, con las marcas que dejan un uso más o menos descuidado. Pensó, sin proponérselo, en Peaky. En el ruido que hacía al moverse por el departamento a la madrugada, ese sonido de uñas sobre parquet que era lo más parecido que tenía a sentir que alguien lo esperaba. Aunque lo que estaba escuchando le parecía una locura, se encontró evaluando las posibilidades de pérdida y ganancia como si estuviese por encarar un negocio.

—¿Por qué yo? —preguntó.
—Hay cosas que no puedo decirle porque no hay manera de que no suenen demasiado técnicas. Y no es por subestimarlo, pero es mejor que le diga que usted da el perfil, es un elegido natural para este ensayo.
—¿Ensayo? ¿Así le llaman? ¿Como si fuese un ensayo clínico? ¿Y qué es lo que buscan comprobar? ¿Tiene que ver con eso que dicen de que el mundo es una simulación y…
—No, nada de eso. —interrumpió Aurora. Bajó la vista hacia la tableta y la volvió a levantar. No consultó nada, fue un gesto que Charlie leyó como el equivalente de elegir cuánto decir—. Verá, hay cosas que se están perdiendo demasiado rápido. Maneras de entender el mundo, de relacionarse, de medir el valor de las cosas, que pertenecen a una época que ya casi no tiene representantes.
No estamos hablando de nostalgia, sino de que ciertos patrones de pensamiento, si desaparecen del todo, dejan un vacío que no se nota hasta que ya es tarde. Lo que intentamos es anclar algunos de esos patrones en personas que puedan portarlos hacia adelante. Que puedan existir en el futuro con la memoria del pasado intacta.
—Anclar —dijo Charlie—, ahora entiendo.
—Exacto, y así irá entendiendo el resto, confío.
Se produjo un silencio que ambos asimilaron como de procesamiento.
—¿Quiénes son los que están detrás de esto?
—Eso no forma parte de lo que puedo contarle antes de que tome la decisión.
—¿Y después?
—Después tendrá acceso a más información. Y eso dependerá de lo que elija.
Charlie se incorporó en la camilla. La habitación no giró con él, lo cual tomó como una buena señal. Tenía la boca seca y hambre como si fuese al mediodía, lo cual significaba que había estado inconsciente no más de dos o tres horas, o que el tiempo en este lugar funcionaba de otra manera y prefería no averiguarlo todavía.
—Si elijo quedarme en mi vida —dijo—, ¿qué pasa con todo esto que me ha dicho?
—Pues, no me verá nunca más, le parecerá un sueño loco. O una alucinación producto del golpe. El hematoma en su nuca durará unos días. Y a los pocos días, simplemente desaparecerá todo rastro de este momento.
—¿Y si elijo la otra opción?
—Despertará la mañana de su cumpleaños en su vida actual. Pero al día siguiente, su amanecer no será en esa misma cama, sino en el útero de su madre. Crecerá como un niño normal hasta que al crecer, comenzarán sus recuerdos de esta vida. Muy de a poco, de manera poco invasiva, pero firmes. Entenderá que hay algo distinto en usted, hasta que en la adolescencia y llegando a la adultez, entenderá quien es finalmente y cómo llegó allí.
Charlie miró el cielorraso. La mancha de humedad, ahora bien definida, parecía un país. Un país sin nombre con bordes irregulares y su geografía de humedad y yeso. Pensó que en algún lugar del mundo ese país existía de verdad, con su gente y sus problemas y su clima, completamente ajeno a esta habitación. Y a este hombre de cincuenta y nueve años sentado en una camilla tratando de entender si lo que le estaban ofreciendo era una salida o una trampa con muy buena presentación.

—Pero ¿cómo se asegurarán de que esta versión de Charlie se imponga sobre la nueva?
—Oh, no, nunca vamos a intervenir en esa decisión. También es responsabilidad suya. De hecho, confiamos en su criterio, sea este o el de su nuevo yo.
—Pero pensé que el experimento…
—De eso mismo se trata, de observar comportamientos, no de inducirlos.
—¿Observar? ¿Desde donde?
—Es una expresión, no me haga caso, ni siquiera yo sé al detalle la mecánica por completo. Quedará a merced de su propia voluntad. Yo solo le traigo la propuesta. Y tiene tiempo para decidir hasta que cumpla sesenta —confirmó la mujer—. Unos días.
—¿Y si no decido nada?
Ella lo miró con una sonrisa que Charlie entendió como de ternura o condescendencia por reflejo, ante lo inevitable.
—Todo el mundo decide —dijo—. La diferencia es si lo hará con los ojos abiertos.
Se puso de pie, recogió la tableta y caminó hacia la puerta con la misma delicadeza con la que había hecho todo lo demás. Antes de salir se detuvo y giró hacia él.
—Pero hay una cosa más que puede saber sin comprometer la prueba…
—Espere, ¿qué pasará con Peaky si decido “resetear” mi vida? Y yo aquí, ¿apareceré muerto, o cómo se verá?
—No puedo responder a esa última pregunta, forma parte de tomar su decisión solo con lo que sepa o lo que ignore de las consecuencias. Con respecto a Peaky, solo puedo decirle que estará muy bien, no tiene por qué preocuparse. —Por alguna razón, a oídos de Charlie eso sonó convincente—. Pero lo que quería agregarle como información, es que si elige la segunda opción, no estará del todo solo. Lo entenderá en su momento.
Charlie quiso preguntar muchas cosas más, pero la puerta ya estaba cerrándose, y en el cuarto sin ventanas quedaba solo el silencio, la mancha en el cielorraso y el tiempo quieto de quien acaba de recibir una noticia que da vuelta su vida por completo. A pesar de que seguía con hambre, le volvió a ganar la somnolencia.
No supo cuánto tiempo estuvo dormido, pero sí que despertó como de costumbre, en su cama y con los lambetazos de Peaky en su cara, cuando ya había ignorado al despertador dos veces seguidas. No supo cómo llegó a su casa, ni si fue trasladado pero no le importó demasiado.
En dos días más, cumpliría sesenta años. Lo celebraría con alguna comida especial con Peaky, quizás, y luego respondiendo saludos en sus redes sociales, de gente a la que no conocía en persona aunque hiciese años que trataba, como de costumbre.
Y antes de ir a dormir esa misma noche, tendría una decisión que tomar.
¿Vos qué elegirías?
Si llegaste hasta aquí, te merecés un regalo. Haz clic debajo para acceder a uno de mis libros más personales 100% GRATIS
Preguntas frecuentes
¿De qué trata El Ancla?
El Ancla es una novela de ficción especulativa argentina sobre Charlie, un hombre de 59 años que recibe una propuesta extraordinaria antes de cumplir sesenta: puede seguir viviendo su vida o volver a nacer literalmente, conservando su memoria intacta. La historia explora qué somos cuando nadie nos recuerda y qué persiste cuando todo lo demás cambia.
¿Quién es Henry Drae?
Henry Drae es un autor, ilustrador y editor independiente argentino radicado en Mar del Plata. Es autor de novelas, creador de mazos de tarot y productor de contenido sobre pensamiento crítico. El Ancla es su segunda incursión en la novela de ficción especulativa. Su novela anterior, El Patio Trasero, del mismo género, ya está disponible en la tienda.
¿Cuándo se publica El Ancla?
La novela está actualmente en desarrollo. Este prólogo es la primera entrega pública del proyecto. Para seguir las novedades podés suscribirte al newsletter o seguir las actualizaciones en henrydrae.com.
¿El prólogo es un cuento independiente?
Puede leerse como un cuento con final abierto. La historia de Charlie llega a un punto de cierre narrativo propio, aunque forma parte de algo más grande. La pregunta que deja flotando es intencional.
