
Esta conversación con Daria explora **la manipulación en el cine y la televisión**, analizando cómo la industria nos vende agendas disfrazadas de películas y series.
Entramos al cine buscando evasión, pero ¿y si salimos adoctrinados? El entretenimiento ya no es solo un refugio, se ha convertido en la herramienta más sutil y eficaz para moldear percepciones.
La sala estaba casi vacía. Habíamos entrado a un cine de barrio donde daban funciones a precios ridículos, como si quisieran recordar que alguna vez mirar películas fue un acto colectivo y no un ritual solitario en streaming.
La alfombra olía a humedad y las butacas crujían como huesos viejos. Yo hojeaba el programa pegado a la pared: remakes, superhéroes reciclados, sagas que ya habían enterrado hace veinte años y ahora revivían como zombis. Daria se sentó a mi lado con un balde de pochoclos que nunca comería, solo para completar la escenografía.
«Ya no venden películas, sino anestesia»

—¿Te das cuenta de que ya no venden películas, sino anestesia? —me dijo mientras observaba la pantalla en blanco.
—¿No estarás exagerando? El cine siempre fue evasión.
—Una cosa es evadir, otra es domesticar. El entretenimiento ya no distrae: adoctrina.
Las luces se apagaron y un trailer comenzó: un ejército de soldados genéricos, explosiones, frases heroicas calcadas de otras veinte películas. Yo suspiré.
La Fábrica de Consensos: Inyectar Imaginarios
—¿Y cuál sería la agenda acá? —pregunté.
—Normalizar la guerra, glorificar el sacrificio, venderte la idea de que el caos afuera es inevitable. ¿Qué te creías, que Hollywood solo busca taquilla?
—Bueno, sí, también quieren ganar plata.
—Claro que sí. Pero la plata es un efecto secundario. Lo importante es moldear percepciones. ¿Por qué creés que todos los villanos de los últimos veinte años hablan con el mismo acento? ¿O que los finales felices coinciden con la narrativa política de turno?
El trailer terminó y empezó la función. Una comedia romántica predecible, con diálogos escritos como si los hubiera generado una máquina con algoritmos de clichés. Daria giró hacia mí.
—Netflix, Disney, Hollywood: no importa el sello, la función es la misma. Inyectar imaginarios, fabricar consensos. Si querés introducir una idea radical en la sociedad, primero hacés que la gente la vea en una serie, la aplauda en una sitcom o la naturalice en un reality. Lo demás viene solo.
—O sea, “primero lo ves en la pantalla, después lo aceptás en la vida real”.
—Exacto. El entretenimiento es un espejo deformante: te devuelve tu reflejo, pero maquillado con las ideas que otros quieren que ames u odies.
La protagonista en la pantalla declaraba su amor en medio de una catástrofe mundial. El público —pocas almas desperdigadas— reía como si obedeciera una orden.
Conclusión: Resistir la Hipnosis del Aplauso Grabado

—¿Entonces ya no hay escapatoria? —pregunté.
—Claro que la hay. Pero implica ver la película sabiendo que es propaganda. Reírte del guion, no con él. Resistir la hipnosis del aplauso grabado. En pocas palabras, mirar el espejo sabiendo que te devuelve una mentira.
—¿Y no te agota vivir así, en guardia constante?
—Me agotaría más dormir con los ojos abiertos.
Las luces se encendieron al final. Nadie aplaudió, ni siquiera por inercia. El proyector seguía lanzando luz sobre la pantalla vacía. Daria se levantó y, mientras salíamos, me dijo:
—Lo peligroso no es que nos entretengan, sino que nos convenzan de que la realidad empieza y termina en la pantalla.
Apéndice: Herramientas para Ver Detrás del Espejo
Neil Postman, Divertirse hasta morir: análisis de cómo el entretenimiento sustituye al pensamiento crítico.
Guy Debord, La sociedad del espectáculo: la realidad transformada en representación y consumo.
Edward Bernays, Propaganda: estrategias de manipulación psicológica aplicadas también al entretenimiento.
Estudios de medios contemporáneos: representación política en Hollywood, estereotipos en series de streaming y la “ventana de Overton” cultural abierta a través de la ficción.
¿Listo para seguir cuestionando la realidad?
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