
Esta conversación con Daria explora **la mentira de la izquierda y la derecha**: la idea de que, mientras nos peleamos por las cortinas, los dueños del edificio siguen siendo los mismos.
¿Realmente decidimos algo… o solo elegimos el color de nuestra celda? La eterna pelea entre izquierda y derecha domina el debate público, pero, ¿y si es solo una puesta en escena?
CONVERSACIONES CON DARIA: Izquierda y Derecha
Dos alas del mismo pájaro enjaulado
¿Realmente decidimos. o solo elegimos a nuestros carceleros?
El Juego de Espejos: Mismos Dueños, Distintos Títeres
—Estuve pensando, Daria… ¿y si toda esta pelea entre izquierda y derecha es una puesta en escena? Como un partido de fútbol, pero donde los dueños del club siempre ganan.
—Bienvenido a la función, Henry. ¡Entradas sin cargo y palomitas ideológicas gratis para todos!
—Pero, ¿en serio? ¿Tan así? ¿No hay diferencia entre una ideología y la otra?
—Claro que hay diferencias. Te las muestran todo el tiempo. Una promete salvar a los pobres con subsidios, la otra dice que la libertad de mercado lo arregla todo. Pero al final… los pobres siguen pobres, el mercado sigue siendo de unos pocos, y el Estado sigue siendo el patrón.
—Pero la gente vota. Se moviliza. Cree que cambia algo.
—Votan… como si votaran por el color de su celda. ¿Azul o roja? ¿Con cortinas o sin? Mientras tanto, las decisiones importantes —las de verdad— se toman en otro lado: el FMI, la OMS, BlackRock, la OTAN, Davos…
—O sea, ¿vos decís que la clase política no es más que una casta de administradores del caos?
—Exacto. Son como esos empleados de hotel que sonríen mientras el edificio está en llamas. Ellos cobran por mantenerte entretenido y distraído. Vos peleate con tu vecino por si Cristina es una reina o Milei un salvador. Total, ellos ya tienen pasaporte europeo.
Votar por Miedo, Defender la Tribu

—¿Y cómo se sostiene esto? ¿Por qué la gente sigue cayendo?
—Por necesidad de pertenencia, por miedo, por comodidad… y porque la grieta da identidad. “Yo soy de izquierda, vos facho”; “yo soy liberal, vos planero”. Es más fácil repetir etiquetas que pensar desde cero. El pensamiento crítico no viene con delivery.
—Mirá, yo te juro que no me molesta el que va y vota. Ese al menos está intentando algo… ejerce un derecho, pone una ficha con una esperanza, aunque esté mal informado o desilusionado.
—Claro. Es una apuesta, a veces desesperada, pero sigue siendo un acto de fe mínima.
—El que me jode es el otro… el que vota y después se pone la camiseta del político como si fuera Maradona en el ‘86.
—Ajá…
—Ese que lo defiende a muerte aunque el tipo se contradiga, lo cague, le suba todo, le mienta en la cara. Nada le importa. Lo bancan como si fuera un dios, no un empleado público.
Daria sonrió sin alegría, como si le vinieran recuerdos de discusiones absurdas en redes sociales.
—Es que no están defendiendo ideas. Están defendiendo identidad. Lo que votaron no es un plan de gobierno, es una bandera. Una tribu. Si el político que eligieron se tira por un barranco, ellos lo aplauden en la caída. Porque les da un «nosotros», y el “nosotros” los hace sentir menos solos, menos confundidos.
—¿Y eso se combate?
—No se combate, se comprende. Es emocional, no racional. El problema no es la política, es el vacío que la política llena en ciertas personas. Lo que molesta no es que voten… es que crean. Que necesiten creer. Porque una vez que creen, ya no piensan.
Daria me miró de reojo, sabiendo que el silencio cargaba pólvora.
—Y lo peor —dije al fin, como quien se decide a prender el fósforo— es que muchos lo saben. Saben que los están usando, pero igual te dicen: “yo lo voto para que no vuelvan los zurdos”… o “al menos no es la derecha que te funde el país”.
—Ajá. Como si la elección fuera entre morir de un tiro o envenenado.
—Exacto. Y lo dicen con total naturalidad. Te justifican todo con tal de no ver al otro en el poder. Aunque el que eligieron los arrastre igual.
—Es que están dentro de la lógica del enemigo. El sistema ya ganó cuando logra que la gente vote más por miedo que por convicción. No eligen, reaccionan.
Daria se acomodó en la silla, cruzando una pierna sobre la otra con elegancia distraída.
—El bipartidismo, aunque se pinte de mil colores o se llame de mil formas, siempre es un juego de espejos. La izquierda y la derecha como están planteadas no existen: son una puesta en escena para que nunca se cuestione el escenario.
—Entonces nadie gobierna.
—No, sí. Gobiernan siempre los mismos. Pero usan distintos títeres para mantener la ilusión de la elección. Vos creés que cambiás de canal, pero siempre ves la misma novela. Cambian los actores, no el guión.
Suspiré, como si en ese momento comprendiera que no hay puerta de salida sin romper el decorado entero.
—Y mientras tanto… todos justificando lo injustificable, porque “peor es lo otro”.
—Y así, terminan eligiendo su verdugo… con la ilusión de que al menos no sea el verdugo del otro bando.
—Mirá Latinoamérica. ¿Te creés que cuando hay un giro a la izquierda todo mejora para los pobres? ¿O que cuando gobierna la derecha todo es inversión y eficiencia? En Venezuela, con Chávez y Maduro, la pobreza estructural nunca desapareció; solo cambió de dueño el botín. En Argentina, pasaste de planes sociales con un gobierno a deuda externa salvaje con el otro. ¿Y México? Tanto el PRI, el PAN o Morena… ¿Cambió el narcotráfico o la inseguridad?
Hizo una pausa corta, pero pesada.
—En Europa también. Francia tuvo presidentes de derecha e izquierda, pero el descontento popular sigue estallando cada año con los chalecos amarillos. En España, PSOE o PP, y sin embargo la precarización laboral sigue firme. Hasta en Estados Unidos: Bush, Obama, Trump, Biden… Cambian los discursos, pero Wall Street siempre gana.
Se recostó en la silla, como quien suelta una verdad y la deja caer al medio de la mesa.
—El sistema solo tolera lo que no lo pone en peligro real. Por eso, tanto izquierda como derecha dentro del marco institucional son válidas: no cambian las reglas del juego, solo los jugadores.
La Ilusión de Alternancia: Evidencia Global
—¿Entonces qué hacemos? ¿No votar? ¿Romper todo?
—No se trata solo de votar o no —dijo ella con tono suave pero firme, como una profesora que no te juzga, pero tampoco te deja pasar una—. Se trata de ver el truco. Porque si ves el truco, ya no te pueden engañar tan fácil.

***
Referencias y Fuentes para Profundizar
Naomi Klein, La doctrina del shock
Noam Chomsky, Manufacturing Consent
Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología
Documental: The Corporation (2003)
Datos del Banco Mundial y CEPAL sobre pobreza estructural en América Latina
Informes de Amnistía Internacional sobre represión y derechos humanos en Venezuela, México y Francia
Estadísticas oficiales de precarización laboral en la Unión Europea (Eurostat)
Estudio del Pew Research Center sobre confianza en el sistema político en EE.UU.
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