Una alegoría sobre responsabilidad afectiva

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Ella tomó entre sus dedos, suaves pero firmes, su cuerpo recto y fibroso.
Él sintió como su rostro enrojecía por completo.
Ella hizo un ligero movimiento y luego lo subió, para contemplar como se encendía en chispas de cientos de intensidades y direcciones diferentes, causando humo, aroma y efectos variados.
Él sintió como esas explosiones que envolvían su cabeza comenzaban a disminuir, aunque no podía dejar de palpitar por la excitación que le provocaron.
Ella lo sostuvo mientras el fenómeno duró, y contempló como las chispas dieron lugar a una llama viva y crepitante.
Él disfrutó de ese calor al que ya se había acostumbrado.
Ella seguía extasiada contemplando la llama, que ahora tenía menos vida pero si mucha más serenidad. Los amarillos, blancos y rojos ya eran azulinos, y se formaban en volumen decreciente.
Él no pudo controlar lo que atacaba ya a su corazón, e invadía el resto de su cuerpo amenazando consumirlo.
Ella movió suavemente los dedos, con algo de impaciencia; la llama bajaba al tiempo que el calor del que había disfrutado comenzaba a afectarlos.
Él quiso que esa sensación durara por toda la eternidad. Sabía que lo estaba matando, pero no le importaba gozar y sufrir hasta el último momento.
Ella lo agitó en el aire con un movimiento rápido, avivando por un instante más el fuego, que pareció revivir para luego desaparecer en una densa voluta de humo.
Él no comprendió su actitud, ¿por qué no dejarlo vivir de esa sensación hasta último momento? ¿De qué le servía el resto de su cuerpo si ya no tenía cabeza y corazón para nadie más?
Ella dudó de si había hecho lo correcto, aunque nada más pudiese hacer ya para revertirlo. Se dijo que si lo dejaba seguir el fuego le provocaría un gran dolor.
Él terminó aceptándolo, y agradeciéndole a ella esos instantes vividos. Luego se dejó caer resignándose a su destinto final, pensando que fue mejor que ella le permitiese conservar algo de vida para recordar a la llama en plenitud y no que se hubiese consumido en lenta agonía, haciéndolos sufrir a ambos.
Ella tomó la caja y eligió un nuevo fósforo. Uno que le importara menos, tal vez.
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Este poema forma parte de una exploración sobre las complejidades del amor moderno. La pieza dialoga con ideas como el egoísmo, la falta de responsabilidad afectiva, y el miedo al compromiso, temas centrales en el debate sobre las relaciones líquidas. La intención es abrir una ventana a la reflexión, sin dar respuestas cerradas, sobre las formas que adopta el amor sin involucrarse por completo, como una sutil critica a las relaciones superficiales.
Esre texto pertenece a mi primera antología de textos, poesías y relatos breves Colores que Nunca Combinan

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