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Por estos días es común escuchar a alguien decir «sos el creador de tu propia realidad». Y según los problemas que tengas encima, es probable que lo escuches y pienses «claro, como si con buena onda fuera a pasar por la caja del súper y pedir que me respeten los precios de la semana pasada porque no me alcanza».
Esa subestimación del poder personal es una reacción comprensible. Pero tampoco es justo asumir que nunca tenemos poder para que vivir no sea un problema atrás de otro. Y ese poder no necesita ser colectivo para ser real.
Estamos acostumbrados a hablar del «poder económico», del «poder político», del «poder real», y los tratamos como algo inalcanzable, algo que nos atraviesa la vida sin que podamos hacer nada al respecto.
Y terminamos siendo exactamente lo que los noticieros necesitan que seamos: gente formando bandos, defendiendo o atacando políticos y sus votantes, opinando sobre medidas macroeconómicas que ni siquiera entendemos, mientras seguimos sin saber usar una tarjeta de crédito sin terminar endeudados de por vida.
Pero somos mucho más que eso.
El consumo como forma de obediencia
Nos pasamos la vida desarrollando el poder personal para ganar dinero y comprar cosas que no necesitamos pero que aprendimos a creer imprescindibles. Le dedicamos el tiempo libre a eso y le decimos «desarrollo personal».
Imaginate el poder de alguien que decide que buena parte de lo que consume todos los días puede resolverlo por su cuenta, sin comprarlo. Una pequeña huerta, aunque sea en macetas de un balcón, puede significar un ahorro real en la comida de todos los meses.
No hace falta un terreno ni experiencia previa: alcanza con empezar. Según datos de la FAO, los micro huertos urbanos pueden representar un aporte económico concreto para los hogares que los sostienen, además de reducir la dependencia de las cadenas largas de distribución de alimentos.
Ese tipo de decisiones no son una filosofía new age. Son autonomía concreta, medible en la boleta del supermercado.

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Comer distinto es también un acto de poder personal
Buena parte de lo que llena las góndolas fue diseñado para que comamos más de lo que necesitamos, no para que estemos mejor. Crecimos tomando gaseosas cargadas de azúcar mientras la diabetes se volvía cada vez más común. Nos acostumbramos a las grasas industriales reemplazando a las naturales. Aprendimos a confiar en lo que viene envasado antes que en lo que se cocina en casa.

Nada de esto requiere una teoría elaborada. Alcanza con mirar una etiqueta y preguntarse qué tan lejos está ese producto de lo que comía la generación anterior.
La trampa de creer que no hay alternativa
Desde que nacimos nos convencen de lo poco preparados que estamos para vivir sin que «alguien nos cuide»: sin depender del salario exacto, del crédito exacto, del sistema exacto que nos armaron. Y a fuerza de repetición, terminamos creyéndolo.
Pero pensalo un poco. El poder que tenés para correrte, aunque sea parcialmente, de esa dependencia total no es una fantasía. Es una decisión que se toma en cosas chicas y cotidianas: qué comés, cómo gastás, a quién le creés sin revisar, qué asumís como «necesario» sin haberlo cuestionado nunca.
La próxima vez que alguien te diga que sos el creador de tu propia realidad, no lo mires con fastidio, como a alguien perdido en una frase de autoayuda. Miralo como a alguien que te está recordando algo cierto: tenés un poder que alguien intenta mantener apagado, y depende de vos que lo consiga.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa «ser el creador de tu propia realidad»?
No es una frase esotérica vacía: se refiere al margen real de decisión que tenemos sobre lo que consumimos, cómo gastamos y qué creencias aceptamos sin cuestionar, aun dentro de un sistema que no elegimos.
¿Cómo empiezo a depender menos del consumo automático?
Con decisiones chicas y sostenibles: revisar qué comprás por costumbre y no por necesidad, cocinar más en casa, y animarte a producir aunque sea una parte mínima de lo que consumís, como una huerta en macetas.
¿Sirve una huerta en un balcón si vivo en la ciudad?
Sí. No reemplaza una alimentación completa, pero reduce gastos concretos en verduras y hierbas de uso frecuente, y es un primer paso hacia una relación más activa con lo que comés.
¿Por qué cuesta tanto salir del consumo automático?
Porque desde chicos nos enseñan a resolver casi todo comprando, y cuestionar ese hábito implica revisar creencias que nunca pusimos en duda. El primer paso no es dejar de consumir, sino empezar a preguntarse por qué consumimos lo que consumimos.

