El Audio de Tres Minutos

el audio de tres minutos - cuento corto sobre el arrepentimiento

Un Cuento Corto sobre el Arrepentimiento y el Amor que Llegó Demasiado Tarde

A Damián nunca le gustaron los audios largos. Los aceleraba, los dejaba sonar de fondo, los reducía a ruido. Mariana, en cambio, le mandaba minutos enteros de su vida en cada mensaje, mientras él contestaba con un «sí» o un emoji estratégico.

Hasta que un martes a la mañana, un número sin agendar le avisó que ya no iba a llegar. Ni ese día, ni ningún otro. Y Damián, por primera vez, abrió el chat dispuesto a escuchar todo lo que nunca había querido oír.

El audio de tres minutos (Un cuento original de Henry Drae)

A Damián nunca le gustaron los audios largos.

Decía que le parecían una falta de respeto al tiempo ajeno, como esas reuniones que podrían haber sido un mail, o como la gente que arranca una anécdota sin saber cómo terminarla, después de dar mil vueltas. A veces los escuchaba en velocidad x2; otras, apenas dejaba que sonaran mientras hacía otra cosa, como si el ruido de fondo alcanzara para cumplir.

Mariana vivía en otra ciudad. No tan lejos como para que fuese imposible verse, ni tan cerca como para hacerlo seguido. Se encontraban cada tanto, cuando alguno viajaba, cuando coincidían las ganas, el dinero y una agenda más o menos flexible. Él decía, sin disimulo, que esa distancia no era un problema, sino que les daba algo cómodo: no se invadían, no exigía demasiado, no los obligaba a explicar qué hacían a cada paso.

Pero a Mariana le encantaba mandar audios largos. Siempre.

De tres, cuatro, cinco minutos. A veces tocaban los dos dígitos.

Arrancaba hablando de cualquier cosa (el tráfico, el clima, una discusión mínima en el trabajo) y recién después, cuando ya parecía que no iba a decir nada importante, dejaba caer algo que sí lo era. O al menos, lo habría sido si él prestara atención.

—Perdoname lo largo —decía casi siempre al final—, pero bueno, es que si me pongo a escribirte, no termino más.

Él respondía con textos breves. Un «sí», un «puede ser», algún emoji estratégico. A veces un «después te escucho bien, ahora estoy con otra cosa», que nunca significaba lo mismo que decía.

Un día, otro mensaje al que era imposible ignorar, le hizo vibrar el celular con urgencia. Era martes a la mañana, de un número que no tenía agendado. Era correcto y formal, aunque mal escrito, demasiado corto para lo que decía. Hubo un accidente en la ruta. Mariana venía a verlo, pero no iba a llegar. Ni ese día, ni ningún otro.

Ese día, Damián no fue a trabajar a la oficina. Tampoco lloró. No porque no quisiera, sino porque sus emociones no se acomodaban de una manera sensata. Se preparó café, lo dejó enfriar. Se sentó en la cama con el teléfono en la mano, mirándolo como si ya no le encontrara sentido a tenerlo.

Abrió el chat con Mariana. Había decenas de audios sin escuchar completos. Pequeñas barras azules, prolijas, esperando desde hacía meses.

Empezó por el último. Era trivial. Hablaba de una valija, de una remera que no sabía si llevar, de una publicidad absurda que había visto en la tele. Él la escuchó entera, sin acelerar, como si eso pudiera corregir algo.

Siguió con otro. Después, otro más.

Algunos le resultaron familiares, como si los hubiese escuchado a medias en su momento. Otros no. Se sorprendió de cosas que no recordaba: una risa, un silencio largo, una frase que quedaba flotando.

Escucharlos era raro. No dolía exactamente. Era más bien extraño, como encontrar una nota escrita por uno mismo y no reconocerse del todo.

En uno de los audios, ella decía:

—¿Sabés qué? Yo entiendo que te resulte cómodo que estemos tan lejos. Y no porque seas un piratón, te conozco un poco, creo, y no va por ese lado. Es simple comodidad, ya te acostumbraste a que nadie te rompa… y tener una mina al lado que te hable todo el día…

Lo pausó. Miró la pantalla. Después siguió.

Más adelante, en otro audio, ella hablaba de cansancio. No del tipo físico sino de ese más difícil de explicar. El que se disfraza de paciencia, de «aguante».

Y en otro, casi al final, dijo algo distinto. Lo hizo sin solemnidad ni dramatismo.

—Te voy a decir algo que sé que no vas a escuchar, pero prefiero largarlo a que me carcoma por dentro. Y además, ¿quién te dice que no tenga la suerte y se te dé por escucharlo? Nunca se sabe.

Hizo una pausa. Se escuchó un ruido, como si estuviera acomodándose.

—A veces fantaseo con que un día me digas «¿Y si dejamos de viajar tanto y nos mudamos juntos?». Porque tal vez te cansaste de estar tan «cómodo» y necesites un poco más de compromiso, de amor más compartido, de vivir cosas cotidianas y quizás no pasarla tan bien en tiempos tan apretados, pero juntos.

No sé, son tonterías que se me ocurren y que nunca te demandaría, pero aunque sea así, te lo quería decir. Igual, tranquilo, sé que, como decía esa película, «estas palabras se perderán como lágrimas en la lluvia» y no lo vas a escuchar jamás.

Damián rió, por primera vez con algo de humedad asomando en sus ojos. No era un caudal, sino un brillo que por primera vez, comenzaba a revelar notas de angustia y remordimiento.

—Esta grabación se autodestruirá en… Nah, va a morir sin que le des play en tu celu hasta que cambies el teléfono. Besitos, te quiero.

El audio terminó ahí. Damián no se movió, ni cerró el chat. Se quedó con el teléfono en la mano como pensando en qué contestar.

Pero ya era un poco tarde para eso.

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Detrás del Audio: La Comodidad como Forma de Ausencia

Este cuento cuento corto sobre el arrepentimiento nació de una asimetría bien conocida: la de dos personas que aman de manera distinta y confunden esa diferencia con incompatibilidad, cuando en realidad es evitación.

Mariana habla en audios largos porque necesita ser escuchada de verdad, sin editarse. Damián contesta con monosílabos porque la brevedad le permite no comprometerse del todo, ni con ella ni con lo que siente.

Lo que él llama «comodidad» es, en el fondo, una distancia de seguridad. La geografía entre las dos ciudades no es el obstáculo: es la excusa perfecta para no tener que sostener una intimidad que le exige más de lo que está dispuesto a dar. Por eso Mariana no reclama, no exige, apenas fantasea en voz baja con una mudanza que sabe que nunca va a pedir.

El final funciona porque la propia Mariana lo anticipa dentro del audio: «no lo vas a escuchar jamás» es, primero, una frase resignada sobre la desidia de Damián, y termina siendo literal. El cuento no necesita un giro dramático para doler: alcanza con la logística fría de un mensaje de un número desconocido, y con el gesto tardío de escuchar por fin algo que ya no puede tener respuesta.

Henry Drae

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Preguntas Frecuentes

¿De qué trata «El audio de tres minutos»?

Es un cuento corto sobre el arrepentimiento y la pérdida de un ser querido. Damián nunca prestó verdadera atención a los audios largos que le mandaba Mariana, su pareja a distancia, hasta que un accidente se la quita para siempre y él empieza a escucharlos, uno por uno, cuando ya es demasiado tarde para responder.

¿Qué representan los audios de voz sin escuchar en la historia?

Funcionan como metáfora de todo lo que Damián evitó sentir mientras Mariana estaba viva: su vulnerabilidad, sus dudas, sus pedidos silenciosos de más compromiso. Escucharlos después de su muerte es la única forma en que él finalmente accede a una intimidad que rechazó en el momento en que todavía podía compartirla.

¿Por qué Damián no escuchaba los audios largos de Mariana?

Porque la brevedad y la distancia le daban una sensación de comodidad que en realidad era una forma de evitar el compromiso. Responder con monosílabos le permitía no involucrarse del todo, tanto con ella como con sus propios sentimientos.

¿Qué significa el final del cuento?

El final literaliza una frase que la propia Mariana dice en uno de los audios: «no lo vas a escuchar jamás». Lo que empieza como un reproche cariñoso sobre su desidia se convierte, tras su muerte, en una verdad definitiva: Damián por fin escucha, pero ya no hay nadie del otro lado para recibir su respuesta.

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