Crítica: Good Luck Have Fun Don’t Die

Good Luck Have Fun Don't Die poster

Gore Verbinski tardó diez años en volver a dirigir una película después del desastre comercial de Lone Ranger. Diez años es mucho tiempo para cualquiera, pero especialmente para un director que había hecho Pirates of the Caribbean y Rango — dos películas que no deberían haber funcionado y que funcionaron exactamente por las razones equivocadas según los estudios.

Good Luck Have Fun Don’t Die es su regreso. Tiene ideas, tiene estética, tiene a Sam Rockwell. También tiene un problema serio en el centro que ninguna de esas tres cosas logra resolver completamente.

Lo primero que hay que decir de Good Luck Have Fun Don’t Die es que es inconfundiblemente una película de Verbinski. Tiene esa mezcla de tono que solo él maneja — comedia que de repente se vuelve oscura, oscuridad que de repente se vuelve absurda, momentos de genuina ternura metidos entre secuencias que parecen sacadas de un sueño malo de Terry Gilliam.

Eso es una virtud y un problema al mismo tiempo. Es una virtud porque en un panorama de cine de estudio donde todo suena igual, Verbinski suena a Verbinski. Es un problema porque esa mezcla de tonos requiere una coherencia narrativa que la película no siempre tiene.


En un bar de comidas rápidas de Los Ángeles en un futuro cercano (o tal vez presente, la película no lo aclara demasiado y hace bien), entra un tipo con aspecto extravagante. Tiene pinta de haber dormido en la calle, habla de una IA que está a punto de acabar con todo, y necesita que los parroquianos del lugar lo ayuden a detenerla.

Good Luck Have Fun Don't Die still

Nadie le cree. Tampoco nosotros, al principio.

Lo que sigue son tres historias paralelas que se cruzan: una chica con alergia severa a la tecnología que paradójicamente puede ser la clave de todo, un par de adolescentes clonados que no saben exactamente qué son, y una madre que perdió a su hijo y que busca algo que la película tarda en revelar.

La premisa es buena. El tono es el de Black Mirror mezclado con Shaun of the Dead (sátira con corazón, horror con humor, apocalipsis con ternura). En papel funciona. En pantalla funciona… pero de a ratos.


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Hay actores que elevan el material y hay otros que directamente lo transforman. Sam Rockwell pertenece a la segunda categoría y en esta película lo demuestra una vez más con una simpleza en el uso de los medios que ya debería ser objeto de estudio.

Rockwell construye ese personaje desde adentro, como siempre. No hay un momento en que lo veas actuando, lo ves siendo. Y eso es particularmente difícil cuando el guión te pide que seas creíble diciendo cosas que en boca de cualquier otro actor sonarían a delirio de un tipo que necesita medicación.

Difícilmente Good Luck Have Fun Don’t Die funcione igual con otro actor. Y eso es un elogio a Rockwell y una observación sobre la fragilidad del proyecto; cuando una película depende tanto de que un actor sostenga lo que el guión no puede sostener solo, el equilibrio es precario.

Lo mejor de la película está en él.


Las tres historias paralelas tienen calidades muy distintas y el resultado es una película que avanza a velocidades diferentes según en cuál estás.

La historia de la chica con alergia a la tecnología es la más original y la que mejor conecta la premisa fantástica con algo emocionalmente real. Hay algo genuinamente interesante en el personaje de alguien que es literalmente incompatible con el mundo que la rodea y que sin embargo resulta ser la única que puede comunicarse con la amenaza de manera que los demás no pueden.

La historia de la madre es la más convencional de las tres y paradójicamente la que más pesa en el tercer acto — lo cual dice algo sobre cómo Verbinski construye el clímax emocional de la película, que es con los elementos más simples, no con los más elaborados.

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El problema es la costura. Las tres historias de Good Luck Have Fun Don’t Die no siempre se cruzan con la naturalidad que la estructura requiere.


Acá está el problema central de la película y hay que decirlo sin rodeos: Good Luck Have Fun Don’t Die habla de inteligencia artificial como si estuviéramos en 1984.

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La IA de la película es una supercomputadora con personalidad infantil, necesidad obsesiva de aprobación y una lógica de control centralizado que recuerda más a HAL 9000 que a cualquier cosa que exista o que preocupe genuinamente a los que trabajan en el campo hoy.

Eso no es necesariamente un defecto fatal en una sátira — las sátiras pueden y deben simplificar para exagerar. El problema es que la película no parece estar simplificando conscientemente.

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Cualquiera que haya leído algo sobre cómo funcionan realmente los sistemas de IA actuales sabe que la amenaza real no tiene esa forma. Es más difusa, más distribuida, más aburrida visualmente.

La película habla de la IA como un problema que se puede resolver derrotando a un villano. La realidad es un problema que no tiene villano central, no tiene centro físico y no se resuelve en un tercer acto.

Eso hace que Good Luck Have Fun Don’t Die sea honesta sobre sus limitaciones como sátira pero limitada como objeto de análisis.


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El tercer acto de la película es donde la división de opiniones se hace más clara. El gato gigante hecho de cuerpos humanos y los robots de estética retrofuturista que lo rodean son o el momento más valiente de la película o donde definitivamente se va de las manos, según con qué expectativas llegaste.

El problema es que la película no construyó suficientemente bien el camino hacia ahí. Cuando llegás al gato gigante ya estás medio desconectado del arco emocional de las tres historias, y el salto de tono entre el drama humano de la primera hora y la alegoría visual del tercer acto es demasiado grande para atravesarlo sin turbulencias.

El resultado es anticlimático, no porque la imagen sea mala sino porque llega cuando ya costó demasiado mantener la coherencia de todo lo anterior y Good Luck Have Fun Don’t Die pasa a ser un delirio.

Es el precio de mezclar El Mago de Oz con Black Mirror sin decidir cuál de los dos querés ser.


Esa comparación no es casual ni es un insulto.

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La película tiene la estructura profunda de El Mago de Oz: un grupo de personas que no se conocen, cada uno con algo que le falta o que busca, que terminan unidas por una amenaza que resulta ser más frágil de lo que parecía cuando le quitás la cortina. El viajero del futuro es Glinda la bruja buena con pinta de homeless. La IA es el Mago — poderosa en la pantalla, mucho menos en la realidad.

Que lo haya hecho con estilo y con Sam Rockwell no resuelve el problema. Lo hace más tolerable, que es diferente.

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    Sí, pero con expectativas calibradas.

    Si la buscás como sátira inteligente y actualizada sobre la IA, vas a quedar con la sensación de que la película prometió más de lo que dio. Si la buscás como un cuento de hadas distópico con estética de Verbinski y Sam Rockwell siendo Sam Rockwell, vas a pasar un buen rato con momentos genuinamente brillantes y un tercer acto que podés perdonar.

    No es la gran película sobre la IA que el momento necesita. Pero es una película interesante sobre la IA hecha por alguien que tiene algo que decir aunque no siempre encuentre la forma exacta de decirlo.

    Y tiene a Sam Rockwell. Que en 2025 ya es suficiente razón para ver cualquier cosa.


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