Sinners de Ryan Coogler: blaxploitation con presupuesto de Oscar

sinners de ryan coogler poster

Sinners de Ryan Coogler ganó cuatro Oscars hace días, incluyendo Mejor Actor para Michael B. Jordan. Tiene 16 nominaciones — más que Titanic, más que La La Land. La unanimidad de la crítica es casi total. Todo el mundo dice que es una obra maestra.

O casi todo el mundo.

Hay momentos en la historia de los premios donde la industria decide que algo merece ser celebrado y la celebración se convierte en un evento cultural que ya no tiene demasiado que ver con la película en sí. Sinners llegó en el momento exacto para ser ese evento.

Una película de terror con vampiros, ambientada en el Mississippi de los años 30, dirigida por un cineasta negro sobre cultura negra, con una lectura explícita sobre extracción cultural y explotación histórica. En el contexto del Hollywood de 2025, con todas las conversaciones que rodean la representación y la autoría, Sinners era prácticamente irresistible como objeto de consagración.

Lo que me interesa discutir no es si merece los premios — los premios son siempre una conversación aparte. Es sobre si la película está a la altura de la unanimidad. Y mi respuesta, después de verla con atención, es que no lo creo.


Vamos con la historia: Mississippi, 1932. Dos hermanos gemelos (Elijah y Smoke, ambos interpretados por Michael B. Jordan) regresan al Sur después de años en Chicago, con dinero suficiente para abrir un juke joint (uno de esos bares de blues en el que la comunidad negra podía reunirse, bailar y ser libre por unas horas en medio de la violencia acostumbrada del Sur de entreguerras).

Michael B Jordan x 2 en Sinners de Ryan Coogler

Pero en la noche de la inauguración, algo llega desde afuera. Algo que escuchó la música y pasó a tirar unos pasos.

Lo que sigue mezcla terror de vampiros con historia afroamericana, blues como elemento casi místico y una lectura sobre quién se beneficia de la cultura de los que no tienen poder. La premisa es genuina y hasta buena, pero la ejecución, bastante irregular.


Se estrenó una película en 1972 que se llama Blackula. La dirigió William Crain, la protagonizó William Marshall, y forma parte del movimiento de blaxploitation, ese período extraordinario del cine americano donde directores y actores negros tomaron los géneros del mainstream (terror, acción, crimen) y los hicieron propios con los recursos que tenían, que eran pocos, y con una honestidad brutal y en sus efectos, muy divertida.

Blackula poster - Sinners de Ryan Coogler

Blackula es exactamente lo que dice que es. Un príncipe africano convertido en vampiro por Drácula en el siglo XVIII que reaparece en Los Ángeles en los 70. No pretende redefinir el género ni ganar premios. Se larga al ruedo a hacer lo que mejor sabe con lo que tiene.

Sinners me sonó a eso pero con pretensiones. Una versión premium, con mejor presupuesto, mejor fotografía y mejor distribución, del mismo mecanismo — tomar un género del mainstream (el terror gótico europeo) y revestirlo de cultura negra. La diferencia es que Blackula era honesta sobre sus ambiciones. Sinners llega con la pretensión de ser otra cosa y esa brecha entre lo que promete y lo que entrega es exactamente donde la película me perdió.

La blaxploitation era más honesta que esto. No pedía que la tomaran por lo que no era. Y eso, paradójicamente, la hacía más valiosa.


El doble rol es la apuesta más arriesgada de la película y la que más expone las limitaciones de su protagonista, sin ninguna necesidad.

Sinners de Ryan Coogler - Michael B Jordan en acción

Elijah y Smoke son dos personajes que deben ser reconociblemente distintos con el mismo cuerpo y la misma cara. Uno más reflexivo, uno más impulsivo. Uno que mira hacia adentro, uno que mira hacia afuera. En papel es un desafío actoral interesante. En pantalla depende completamente de que el actor tenga el rango expresivo para sostenerlo.

Michael B. Jordan no lo tiene. O al menos no en esta película.

Hay actores que hacen de la contención una herramienta — que con un gesto mínimo te dicen todo lo que necesitás saber sobre lo que está pasando adentro. Jordan hace de la contención una limitación. En los momentos en que la película necesita que sintamos la diferencia entre los dos hermanos, la diferencia no siempre llega.

Pensá en lo que puede hacer Denzel Washington con una mirada. Pensá en Jamie Foxx — que con la misma edad que tiene Jordan hoy ya había hecho Ray, ya había demostrado un rango que Jordan todavía está buscando. Foxx viene del blues y el soul de manera orgánica. El doble rol le hubiera dado exactamente los matices que esta película necesitaba y no tuvo.

Jordan ganó el Oscar. Es un actor que eligió bien sus proyectos (o tiene un buen agente). Pero la unanimidad sobre su actuación en esta película específica es parte de la misma que rodea a Sinners, una celebración que ya tomó vuelo propio y que es difícil de discutir sin que te miren raro.


El blues como elemento narrativo es la decisión más inteligente de Coogler pero también la más sobredimensionada.

Bailarina en Sinners de Ryan Coogler

La idea de que tocar bien es literalmente invocar algo (que la música perfecta abre una grieta entre el mundo de los vivos y algo que está del otro lado) es genuina y poderosa. Hay algo en la historia del blues que la hace compatible con esa lectura: un género nacido de la esclavitud y la violencia, que convirtió el dolor en algo trascendente, que circulaba en comunidades que tenían razones reales para creer que el mundo visible no era todo lo que existía.

Cuando la película confía en eso, funciona. Hay una secuencia musical en el juke joint que es lo mejor de la película; cuerpos en movimiento, tiempo que se dobla, el pasado y el futuro apareciendo simultáneamente. Es una de las mejores escenas del año.

El problema es que Coogler no confía suficientemente en la sutileza. Lo que podría ser una corriente subterránea que el espectador percibe sin que nadie se lo explique termina siendo subrayado, expandido y convertido en tema explícito. La película te dice lo que significa en lugar de dejar que lo sientas.

Tal vez me molestó tanto el resto que le perdono la sobredimensión. Pero está ahí.


Los vampiros de Sinners no son el vampiro europeo clásico, como Drácula o los de Anne Rice. Tienen más que ver con el folclore afroamericano y con la idea del parásito cultural: la entidad que llega cuando algo valioso está sucediendo y se alimenta de ello sin producir nada propio.

Vampiro blanco en Sinners de Ryan Coogler

Esa es una buena lectura. El problema es que en 2025, después de años de vampiros reimaginados en todas las direcciones posibles, la construcción de estos no sorprende lo suficiente. Son funcionales. Cumplen su rol narrativo. Pero en un momento en que el cine de terror viene haciendo cosas genuinamente perturbadoras con el folclore y la mitología — Hereditary, Midsommar, The Witch, todo el ciclo de A24 — los vampiros de Sinners se sienten un paso atrás.

Correctos. Genéricos para lo que estamos viendo. Esperables.


En el medio de todo esto aparece Hailee Steinfeld y hace algo que no debería ser posible: se roba la película en el tiempo que dura una escena.

Hailee Steinfeld en Sinners de Ryan Coogler

No voy a spoilear exactamente cómo ni en qué contexto. Lo que sí puedo decir es que hay un momento donde Steinfeld aparece con un desparpajo que no estaba en ningún otro lugar de la película y que generó la única carcajada genuina de mi experiencia con Sinners. Una carcajada de las buenas, de las que te agarran desprevenido porque la película no te había dado ninguna razón para esperarla.

Es lo que hacen los grandes actores secundarios: llegan, hacen lo suyo y se van dejando la impresión de que la película hubiera sido mejor si les hubieran dado más tiempo. Steinfeld lo hace en cinco minutos con más efecto que Jordan en dos horas de doble rol.

Eso también dice algo sobre la película.


Para cuando llegó el tercer acto ya estaba virtualmente desconectado. Y eso, paradójicamente, lo hizo más tolerable.

El tercer acto de Sinners es exactamente lo que cabía esperar dado todo lo anterior, el enfrentamiento, la resolución, el salto temporal que intenta darle peso emocional a lo que vino antes. No es malo. No es lo que me hubiera sacado de la desconexión aunque hubiera llegado a él más comprometido.

Es el tipo de tercer acto que una película mejor hubiera convertido en inevitable. En Sinners se siente como el desenlace correcto de una historia que no terminó de convencerme de que me importara suficiente.


Solo con la cabeza fría respecto a las expectativas que los cuatro Oscars generaron.

Sinners tiene una premisa inteligente, una escena musical extraordinaria, la mejor fotografía del año y a Hailee Steinfeld haciendo lo que hace mejor. Tiene cosas reales para ofrecer.

Lo que no tiene es la profundidad que la unanimidad crítica le atribuye. Es una película bien hecha que llegó en el momento exacto para ser consagrada, en un contexto cultural que la necesitaba como símbolo más que como obra.

La blaxploitation de los 70 tenía una honestidad que Sinners no tiene. Blackula sabía exactamente lo que era. Sinners sabe exactamente lo que quiere parecer, que es muy diferente.

Y en el medio de esa brecha, hay una película correcta que ganó cuatro Oscars.


2 comentarios en “Sinners de Ryan Coogler: blaxploitation con presupuesto de Oscar”

  1. Henry querido…sabes bien lo que opino sobre la bazofia de Sinners. Hay que terminar con la pavada. Es una película que ni siquiera supieron hilar…no tiene buena música.. ni son grandes actuaciones, de hecho muy sobreactuada…mala…mala. Gracias siempre por escribir cosas de interés, amigo. Gran abrazo

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