Crítica de How to Make a Killing (Jugada Maestra, 2025): el asesino noble

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Me decidí a escribir la crítica de How to Make a Killing antes de terminar de verla por el entusiasmo que me provocó de entrada. Se estrenó sin hacer ruido y me atrapó desde los primeros minutos con algo que el cine pocas veces logra: hacerme empatizar completamente con un asesino en serie aunque me sintiera impunemente manipulado para hacerlo.

Eso, solo, ya justifica darle chance.

Becket Redfellow (Glen Powell) es el hijo ilegítimo de una familia obscenamente rica. Su madre fue echada de esa familia cuando quedó embarazada, una historia tan vieja como la desigualdad misma. Entre Becket y una fortuna que en cualquier mundo justo le correspondería, hay siete herederos. Todos detestables. TY todos con nombre y apellido en su lista mental.

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La película se presenta con el tono de quien te está contando algo que realmente pasó. No sabía que estaba basada en un clásico cuando la vi, y eso jugó a su favor, porque la narrativa tiene ese tufito a «basada en hechos reales» que hace que todo se sienta más incómodo de lo que debería.


Acá está el centro de todo: cada persona que muere en esta película es genuinamente detestable. El guion los hace detestables para justificar las muertes, los construye con una precisión que hace que cuando llega el momento, uno no sabe bien qué sentir. No hay alivio ni culpa. Es algo más parecido a la incomodidad de descubrirte de acuerdo con algo que no deberías aprobar.

John Patton Ford, que también escribió el guion, toma una decisión narrativa brillante: no te da libertad para juzgar a Becket porque nunca te deja la distancia necesaria para hacerlo. Estás demasiado cerca, ves demasiado, y lo que ves no es un monstruo, sino un tipo con quien la vida ha sido muy cruel desde que nació.


Hay un momento que se queda. El tío de Becket, agonizando en una cama de hospital por un fallo cardíaco, le dice algo así como: «Eres el único que vino a verme. Buscá a alguien así en tu vida.»

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Ese tío es el único que alguna vez le tendió una mano, arrepentido de no haber defendido a su hermana cuando fue echada de la familia. Un hombre que reconoce su cobardía demasiado tarde.

Lo que hace que la escena sea devastadora es lo que el espectador sabe y el tío no: Becket ya mató a su hijo. Fue la primera víctima de la lista. Y ese amor genuino, ese momento de conexión real en medio de una historia de sangre fría, llega después de que ya no puede cambiar nada.

Becket estaba dispuesto a parar ahí, pero el guion no lo dejó.


Powell hace algo difícil, mantener a un personaje simpático a través de acciones que son mucho más que reprochables . Pero no lo hace con encanto barato ni con humor que justifique lo injustificable, sino con una especie de lógica interna que el espectador termina aceptando casi sin darse cuenta.

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Margaret Qualley no ocupa demasiado metraje. No le hace falta. Cada aparición es un robo a mano armada (¡esas piernas!), una femme fatale construida con una simpleza que hace que las escenas donde no está se sientan más vacías de lo que deberían. Uno llega a ser seducido y al mismo tiempo a odiarla por lo descarada y manipuladora que es. Que esas dos cosas coexistan sin que el personaje se rompa es mérito puro de la actriz y de cómo está escrito su personaje.


El abuelo que hace Ed Harris aparece al principio entre las sombras y se revela al final con todas sus miserias. No tiene grises. No tiene facetas. Es un hombre dispuesto a aplastar al descendiente de su hija antes de que logre lo que busca, y esa unidimensionalidad es una decisión narrativa impecable.

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Cuando el protagonista es moralmente complejo, el antagonista tiene que ser cristalino. Si Ed Harris tuviera dudas, si mostrara algún tipo de humanidad, el dilema del espectador se diluiría. Su maldad sin matices es el espejo que hace que la ambigüedad de Becket brille más.


Lo más objetable que se puede alegar en esta crítica de How to Make a Killing es que termina con un gusto agridulce que no nos deja ni tan felices ni tan devastados. Becket no obtiene lo que merece, ni en el buen ni en el mal sentido. Sin un castigo adecuado, sin redención, y sin catarsis.

Hay una especie de limbo.

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Pero ese limbo es la decisión más valiente de la película porque obliga al espectador a hacer el trabajo que el cine mainstream generalmente evita: definir de qué lado de la vida se pone. Si esperabas que la película te dijera que Becket era un monstruo o un héroe, salís con las manos vacías. Si estabas dispuesto a sentarte con la incomodidad de no saber, salís con algo mucho más interesante.

El cine rara vez se permite no resolver sus dilemas morales. Cuando lo hace bien, se nota.


Sí, especialmente si te interesa el cine que hace preguntas sin responderlas. How to Make a Killing no es perfecta: hay momentos donde el ritmo afloja y alguna subtrama que no termina de pagar lo que promete. Pero tiene suficiente inteligencia narrativa, precisión en sus personajes y coraje en su final como para justificar ampliamente el tiempo dedicado (o el costo de la entrada si la vas a ver al cine).

Y tiene a Margaret Qualley robando cada escena en la que aparece. Eso solo ya es razón suficiente.


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